TODOS LOS MONSTRUOS #9

A veces adivino mentalmente la geografía del precipicio al que me estoy acercando. A veces huelo el abismo. Es un olor terrible. Huele a vacío, a azufre. Huele a sentencia. Es una verdad amarga que se cuela por la ranura de mi paciencia, que suelo tener mal cerrada, y se expande como una gota de tinta en un cubo de agua. Es entonces cuando sé que han vuelto. Aquí están de nuevo. Los mismos monstruos que me acariciaban el pelo, los hombros y los párpados en cada esquina que acostumbraba a doblar. Los presiento como quién siente que alguien le sigue por una calle angosta. Los presiento como quién sabe que alguien le está mirando. No hay una demostración empírica. No se representa mediante fórmulas científicas, pero se sabe. Sé que están ahí. Me molestan, me incomodan, y vuelvo a no saber dónde sentarme. Me encuentro, una vez más, pateando piedras por la acera mientras me desbordo calle abajo.

Nadie me responde al otro lado del espejo. Nadie apoya la mano sobre la mía cuando la busco en mi reflejo. A veces temo que seas un paso en falso. Un doble fondo. Un suelo que vence bajo mi pisada.

 

A veces temo que todo este castillo no sean más que un par de naipes apilados.

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Héctor.

 

TODOS LOS MONSTRUOS #7

Soñar contigo el otro día me despertó del letargo en el que pensaba que vivía.

Mirarte a los ojos en ese sueño, y agarrarte la cara con mis dos manos, me hizo entender la vulnerabilidad de mi castillo. Llevo unos cuantos años construyendo, cimiento por cimiento, un dudoso amasijo de pretextos que defienden esta pausa. Cómo te explico, sin explicártelo, que todo mi suicidio emocional lo reavivas tú en un simple sueño. Cómo me explico a mí, sin querer entenderlo, que esta pausa emocional no es más que un luto. Y te sigo llevando flores.
Porque para mí estás muerta.
Aunque te siga viendo, no me queda más remedio.

Cómo acepto que llevo clavada una espada en el pecho que sólo me arranco cuando alguien trata de acercarse a mí, para luego volver a clavármela.
Cumplo una cadena perpetua de un crimen que no he cometido. Comprometiéndome únicamente con todo lo que he sentido y huyendo despavorido de todo lo que podría sentir cuando alguien busca mi techo.

Y ya no sé cómo hacerlo. Ya no sé cómo borrarte si tu figura ya no es lo que me atrae, sino todo lo que despertaste y nadie más lo ha hecho.

Ando buscando una mirada que consiga hacer temblar mis piernas. Ando buscando a alguien que tenga el poder de citarme a una hora y presentarme veinticinco minutos antes para asegurar mi puntualidad, aunque luego deambule por los alrededores del punto de encuentro hasta llegar diez minutos después de la hora prevista. Sólo por hacerte esperar un poco, aunque yo ya llevase esperándote desde hace mucho tiempo.

– Nos vemos a las ocho en el dieciséis de calle Berlín.

Y a las siete y media estoy ahí. Y me recorro la calle Berlín veinte veces, muerto de los nervios. A medida que se acerca la hora me alejo un par de calles y termino en la plaza Mayor.
Espero.
Me impaciento.
El estómago rompe todo mi silencio. Las ocho y cinco: me acero a ti a paso ligero.

Calle Berlín. Ocho y diez. Ahí estás y ya no sé ni lo que siento. Mi pecho boca abajo en un décimo.

– Perdona, llego tarde.

Y el tiempo que he estado esperando, desde las siete y media hasta las ocho y cinco,
(que se me ha hecho
infinitamente
e     t        e           r               n                 o),
ahora se convierte en un suspiro mientras disfruto del rato que te tengo.

Y este estúpido relato de una tarde cualquiera, en la que me citas a las ocho, me demuestra todo lo que me haces sentir con un simple movimiento.

Resulta que yo no me conformo con estar bien, nunca lo he hecho.
Yo quiero que me salga el corazón por la boca.
No me conformo con que alguien me guste,
quiero que me vuelva loco.
No quiero ver a alguien porque no tenga nada mejor que hacer.
Porque siempre tendré algo mejor que hacer
si esa persona que me cita
no consigue que deambule alrededor de ella
cuarenta minutos antes de que me mire.

Por supuesto que te he olvidado.
No te lloro, no te añoro, no te busco.

Pero no hay forma humana de olvidar
todo lo que volcaste aquí dentro.
Y ahora ya
ni lloro, ni añoro, ni me encuentro.

 

Héctor.

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TODOS LOS MONSTRUOS #6

Me desperté tendido en el suelo.

No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero varias botellas de bourbon elucubraban la respuesta.
Aún llevaba puesta mi gabardina. Recuerdo que me despedí de ti y me fui a casa. Lo que ocurrió después es una página en blanco.

Cada vez que me encuentro contigo entiendo por qué me he vuelto un gilipollas.
He construido un glaciar con mis sentimientos y, ahora, cada boca que beso es un portal en el que me resguardo cuando hay tormenta, sin llegar a entrar en la casa.

Cada vez que me miro al espejo adivino todo lo que no estoy sintiendo. Como el que lee entre líneas un texto lleno de cuchillas jugando a no cortarse.
Tú me enseñaste a no querer, justamente porque te quería.
Me enseñaste a no abrazarte con tal de que no me acostumbrara a tu fuerza de gravedad.
Me enseñaste a escapar de mí mismo sólo para que no te encontrara.
Te ensañaste conmigo, y me engañaste diciendo que me enseñabas.

Hiciste de tu debilidad la mía. Me dejaste un legado de hastío y desatino. Una caja llena de hilos y de agujas para que cosiera mi pecho de tal manera que estallara por dentro sin hacer mucho ruido.

De ti aprendí a caminar rápido para no memorizar tus calles. Fijarme en los detalles me facilitaría poner en venta tus portales. Me obligaste a lamerme las heridas, a atarme los modales. Me adoctrinaste bajo tu dictadura enmascarada. Tu orquesta estratégicamente desafinada.

Ahora sigo tatareando tu melodía,
pero te olvidas de que siempre seré tu debilidad,
porque te hice olvidar tus lecciones mientras me las aprendía.

 

Héctor.

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TODOS LOS MONSTRUOS #5

Cuando un fakir se tumba sobre su alcoba de clavos, conoce perfectamente el nombre y apellidos del diablo. Sabe a quién se dirige, y el idioma que le están hablando.

Yo llevo un tiempo andando sobre las brasas, descalzo, sin recordar a quién le di mis zapatos. Hace exactamente unos segundos que mi alma de cristal tocó el suelo y se resquebrajó en mil pedazos. Como la sonrisa que me dedicas cuando no la estás sintiendo.

Mis monstruos se reflejan en el techo de tu interior del mismo modo que lo hace una imagen externa dentro de una cámara oscura. Y al final no sé quién debería llevarse el reconocimiento: si tú, yo, mis monstruos o tu oscuridad.
Tal vez tu falta de empatía, o quizá tu alrededor forrado de espejos son los responsables de todos los interrogantes que se me acumulan en los bolsillos.

No creas que no me doy cuenta de tu abismo si, cada vez que te miro, me das vértigo. No intentes demostrar que te conmueve si, cada vez que me miras, tu cariño mira hacia otro lado.

Por culpa de este desierto estoy en bucle entre perdonarte y no entenderte. Entre ser intransigente o rendirme por completo. A mi derrota y mi victoria las separa una grieta oscura y profunda: Tú.

Y así, tengo la sensación de que ninguno de los dos tiene el valor suficiente para salir de este inframundo. Como si una calle oscura de Londres, en una noche de neblina, fuese la mejor metáfora para describir mi grieta. Y yo camino por ella, sin rumbo, sin pararme a mirar los detalles que me indican a qué altura del empedrado me encuentro.

Quizá porque siempre me gustó la niebla.
O porque siempre preferí pasear de noche.
Tal vez fue Londres.

Pero ninguna de mis aspiraciones me lleva a salir de ella. Es como si mi propio frío me diese abrigo. Prefiero soportar la exactitud científica de mi desgracia que buscar el equilibrio agotador de la esperanza.

 

Héctor.

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Las cosas que te debo

Te debo el sí,
y el quizá no.

Te debo mil incertidumbres
y no saber en qué zona de la grada tengo que sentarme.

Te debo el conocerte demasiado sin saber quién eres.
La libertad y su jardín de flores.

Te debo el significado de todas las cadenas
que no me has puesto.
Y, por consiguiente, todas las cadenas que decidí tirar a la basura,
al no ponértelas.

Te debo la comprensión y la tolerancia,
la empatía
y ese tipo de libertad que sólo es tuya si consigues darla.

Te debo el saber quién soy
a cambio de intentar saber quién eres.

Te debo la planitud y la plenitud.
Los extremos que retumban en un pecho.
Y los acantilados que frecuento para recordar que tengo

y que me das
alas.

Te debo la verdad, el oxígeno, la paciencia.
Y todos los diálogos internos.

Te debo, al fin y al cabo,
aprender que el amor consiste en liberar al otro

y luego ir viendo.

Feliz hoy, Día Cualquiera

Puede ser que algunos días especiales esperes algo

y no lo recibas.

Puede ser que no recuerde fechas clave
y no pase
por todos los rincones del calendario por los que debería pasar.

Pero también pasa que días especiales, al año,
existirán unos veinte.

Treinta quizá.

Y si tenemos eso en consideración,
quedan sueltos 345 días.
345 días que merecen el mismo protagonismo que cualquier otro,
porque al final los acabamos desechando
y así pasa la vida,
sin darnos cuenta. Por no mirar a los ojos a todos lo días,
sino sólo a unos cuantos.

Así que, sí, prefiero venerar el día que menos esperas.

Un martes cualquiera. Un jueves. Un lunes quizá. Quién sabe.

Un día de tu vida, eso ya es suficientemente importante.

Feliz hoy, Día Cualquiera.

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TODOS LOS MONSTRUOS #4

Soy todas las rendijas de tu calle.
El empedrado que te lleva a casa.
La farola que se funde justo cuando pasas.

El suelo mojado, la puerta tapiada.
Las venas que encierra una manzana.

Soy cada portalón de madera que tocas con la mirada.
Las sombras de las que rehúyes,
los pasos que te acechan mientras andas.

Soy la lluvia, la escarcha,
tu melancolía.

Las llaves, tu puerta…
sin casa.

 

Part time lovers, full time fools.

 

Héctor.

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TODOS LOS MONSTRUOS #3

El tiempo que llevo perdido es incalculable.

Arrancándome la piel a tiras para escribir en ellas tu nombre.
Después las arrugo, las tiro,
como el escritor que no encuentra la línea perfecta. El cierre de su novela.

El rastro de tu estela.

La farsa de mi primavera.

***

Me gusta aguardar bajo la tormenta mientras te espero.
Es mi momento favorito del día. En el punto más álgido del chaparrón,
cuando el trueno no espera a que desaparezca el rayo, protagonizando a la vez
un orgasmo.
El trueno retumba en mi pecho y

aunque es oscuro y triste,
me recuerda que estoy vivo.

Que te estoy esperando.

Siempre está esa tormenta
en la esquina en la que aguardo.

El día está soleado,
y la gente le sonríe al cielo claro.

Yo, sin embargo,
ando medio vagabundeando bajo un sol que me desquicia.

Hasta que llego a la esquina donde se juntan tu calle y la mía,
donde siempre está lloviendo.

Eso me encanta. Mis dos cosas favoritas.
La lluvia.
Un encuentro.

 

Héctor.

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HARTO

Harto. Harto de tus valores, harto de tus motivos. Tremendamente harto.
Harto de lo que consideras arte, harto de tus principios inquebrantables, harto de tu misoginia y de tu homofobia. Harto de tu claustrofobia. De tu más allá y menos acá. De tus juicios y prejuicios, de tus ‘ergo’ después de algo y de tu ego después de tanto.

Harto de ti, mundo insano, harto de que me impongas alzando siempre primero la mano.

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Madrid es eso

Madrid es eso.

Madrid es sentirse invencible. Madrid es que no te responda al mensaje y que no pase nada. Madrid es recorrer todas las calles que unen Antón Martín con Bilbao escuchando Dos noches en el Price a todo trapo. Sentirse videoclip, cantante y actor en lo que recorren veinte pasos.

Madrid es no encontrarse y seguir buscando. Madrid son los ladrillos rojos y las baldosas negras. Madrid es amar la soledad con la compañía de cien mil transeúntes. Madrid es despertar con el sonido de los coches y volver a casa con todos los colores del mundo en el cielo.

Madrid es eso.

Madrid es el amarillo de sus luces y el calor de sus tabernas. Es recorrer una ciudad a pie como quien recorre un pueblo.

Madrid se hace pueblo cuando la ciudad se convierte en casa.

Madrid es el escepticismo, el cinismo y el despecho. Es la intensidad, la melancolía y la morriña. Y todo al mismo tiempo mientras lo hundes en tu Mahou y te lo bebes de un sorbo.

Madrid son las putas de Montera, los suburbios de la Gran Vía y todos los bares que te engullen y adelantan las horas del reloj por la noche. Madrid es olvidarte de volver a tu cama.

Madrid es eso. Madrid es latencia y una patria de la que hasta ahora renegaste, hasta que viviste en Madrid.

Madrid son las hojas otoñales que pisas por la Ciudad Universitaria. Y todas las barandillas negras que son como de lija.

Madrid es el calor del metro una tarde de febrero. Y todos los restaurantes de la gastronomía mundial que habitan en sus calles. Madrid es vestirse como quieras y que nadie te mire. O que te miren todos.

Madrid son los ojos que te buscan al entrar en el bar. Madrid es un “¿Qué os pongo?” y un “Me pones”. Un cruce de palabras. Un hasta siempre disfrazado de hasta nunca. Un hasta nunca con alma de hasta siempre.

Madrid es siempre. Madrid es todo. Madrid es poco.

Madrid es todo lo que te encuentras desde que sales de casa hasta que vuelves a ella. Eso es Madrid. Todo lo que no te esperas. Madrid es cien veces una historia y cien historias a la vez.

Madrid es eso.

Y yo sigo siendo de Madrid.

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