TODOS LOS MONSTRUOS #7

Soñar contigo el otro día me despertó del letargo en el que pensaba que vivía.

Mirarte a los ojos en ese sueño, y agarrarte la cara con mis dos manos, me hizo entender la vulnerabilidad de mi castillo. Llevo unos cuantos años construyendo, cimiento por cimiento, un dudoso amasijo de pretextos que defienden esta pausa. Cómo te explico, sin explicártelo, que todo mi suicidio emocional lo reavivas tú en un simple sueño. Cómo me explico a mí, sin querer entenderlo, que esta pausa emocional no es más que un luto. Y te sigo llevando flores.
Porque para mí estás muerta.
Aunque te siga viendo, no me queda más remedio.

Cómo acepto que llevo clavada una espada en el pecho que sólo me arranco cuando alguien trata de acercarse a mí, para luego volver a clavármela.
Cumplo una cadena perpetua de un crimen que no he cometido. Comprometiéndome únicamente con todo lo que he sentido y huyendo despavorido de todo lo que podría sentir cuando alguien busca mi techo.

Y ya no sé cómo hacerlo. Ya no sé cómo borrarte si tu figura ya no es lo que me atrae, sino todo lo que despertaste y nadie más lo ha hecho.

Ando buscando una mirada que consiga hacer temblar mis piernas. Ando buscando a alguien que tenga el poder de citarme a una hora y presentarme veinticinco minutos antes para asegurar mi puntualidad, aunque luego deambule por los alrededores del punto de encuentro hasta llegar diez minutos después de la hora prevista. Sólo por hacerte esperar un poco, aunque yo ya llevase esperándote desde hace mucho tiempo.

– Nos vemos a las ocho en el dieciséis de calle Berlín.

Y a las siete y media estoy ahí. Y me recorro la calle Berlín veinte veces, muerto de los nervios. A medida que se acerca la hora me alejo un par de calles y termino en la plaza Mayor.
Espero.
Me impaciento.
El estómago rompe todo mi silencio. Las ocho y cinco: me acero a ti a paso ligero.

Calle Berlín. Ocho y diez. Ahí estás y ya no sé ni lo que siento. Mi pecho boca abajo en un décimo.

– Perdona, llego tarde.

Y el tiempo que he estado esperando, desde las siete y media hasta las ocho y cinco,
(que se me ha hecho
infinitamente
e     t        e           r               n                 o),
ahora se convierte en un suspiro mientras disfruto del rato que te tengo.

Y este estúpido relato de una tarde cualquiera, en la que me citas a las ocho, me demuestra todo lo que me haces sentir con un simple movimiento.

Resulta que yo no me conformo con estar bien, nunca lo he hecho.
Yo quiero que me salga el corazón por la boca.
No me conformo con que alguien me guste,
quiero que me vuelva loco.
No quiero ver a alguien porque no tenga nada mejor que hacer.
Porque siempre tendré algo mejor que hacer
si esa persona que me cita
no consigue que deambule alrededor de ella
cuarenta minutos antes de que me mire.

Por supuesto que te he olvidado.
No te lloro, no te añoro, no te busco.

Pero no hay forma humana de olvidar
todo lo que volcaste aquí dentro.
Y ahora ya
ni lloro, ni añoro, ni me encuentro.

 

Héctor.

tumblr_mn4qe2ODIL1rr8w60o1_500

A mí me da miedo

A mí me asusta cambiarlo todo.

Alejarme de mi familia. De mis amigos. Dejar de tener un plan a golpe de llamada. Me asusta reducir mis comodidades a casi ninguna y no saber si la calle en la que estoy entrando es segura.

Me asusta empezar de nuevo, buscar trabajo, una casa, acostumbrarme a una moneda. Me asusta desacostumbrarme de tu cara y que se me haga un nudo en la garganta cada vez que alguien pronuncia tu nombre, aunque no te estén nombrando a ti.

Me asusta tener que cocinarme en lugar de darle un beso a mi madre y preguntarle qué hay para cenar. Bueno, mentira. Eso no me asusta. Eso me destroza de pena.

Me asusta preguntarme una y otra vez qué hago aquí, y todavía me asusta más tratar de evitar esa pregunta. Me asusta la diferencia horaria y saber que en una hora ya casi nadie va a responderme. Me asusta estar triste porque estoy asustada y que asustarme me entristezca. Tener más momentos de duda que de rotundidad. Equivocarme. Deshacer lo andado. Acobardarme. Fracasar. Todo eso me asusta.

Me asustó un vuelo de 10 horas. No tenía miedo de coger un avión desde hace 5 años; lo recuerdo perfectamente: Denpasaar-Madrid. Ése fue el último vuelo en el que tuve miedo, y llegó Madrid-Cancún, y volví a asustarme. Nunca me había dado miedo un vuelo de ida. Hasta ayer.

Me da miedo porque no es un viaje, es una apuesta.
No es un recreo, es un colegio.
No es una prueba, sino un reto.

Y por eso tengo miedo. Porque estoy incómoda, porque estoy triste, porque estoy un poco perdida.

Y aunque me asuste,
lo hago.

Porque prefiero vivir asustada apostando que andar cómodamente renunciando.

fort-boyard-terrain-de-jeu-explosif-pour-alain-delon-et-lino-ventura-dans-les-aventuriers-a043bceadbacf29c0

 

TODOS LOS MONSTRUOS #4

Soy todas las rendijas de tu calle.
El empedrado que te lleva a casa.
La farola que se funde justo cuando pasas.

El suelo mojado, la puerta tapiada.
Las venas que encierra una manzana.

Soy cada portalón de madera que tocas con la mirada.
Las sombras de las que rehúyes,
los pasos que te acechan mientras andas.

Soy la lluvia, la escarcha,
tu melancolía.

Las llaves, tu puerta…
sin casa.

 

Part time lovers, full time fools.

 

Héctor.

James-Dean1

TODOS LOS MONSTRUOS #3

El tiempo que llevo perdido es incalculable.

Arrancándome la piel a tiras para escribir en ellas tu nombre.
Después las arrugo, las tiro,
como el escritor que no encuentra la línea perfecta. El cierre de su novela.

El rastro de tu estela.

La farsa de mi primavera.

***

Me gusta aguardar bajo la tormenta mientras te espero.
Es mi momento favorito del día. En el punto más álgido del chaparrón,
cuando el trueno no espera a que desaparezca el rayo, protagonizando a la vez
un orgasmo.
El trueno retumba en mi pecho y

aunque es oscuro y triste,
me recuerda que estoy vivo.

Que te estoy esperando.

Siempre está esa tormenta
en la esquina en la que aguardo.

El día está soleado,
y la gente le sonríe al cielo claro.

Yo, sin embargo,
ando medio vagabundeando bajo un sol que me desquicia.

Hasta que llego a la esquina donde se juntan tu calle y la mía,
donde siempre está lloviendo.

Eso me encanta. Mis dos cosas favoritas.
La lluvia.
Un encuentro.

 

Héctor.

tumblr_lhlpf7gvCM1qdp80co1_500

HOMETOWN


Hoy esta canción me duele.

Hoy me duele más que de costumbre.

Volver a deshacer mis cajas, y ya perdí la cuenta.

Y pedí la cuenta.

Hoy no sé, hoy no me encuentro

ni me proyecto.

No me reflejo en ningún sitio. Hoy no me despego. Hoy no me doblo. No encajo.

Hoy no me veo.

Despedirse, reubicarse,
redefinirse, hacerse viejo.
Arrugarse, mojarse, romper mi espejo.

Hoy no lo sé, hoy no lo veo.

Pero a ciegas, seguir andando.
En esta cinta mecánica donde parar es retroceso.

Hoy sigo andando, vacilando, cargando peso.

Y cuando llegue, la vista atrás,
sólo para recordar por qué empecé el proceso.
Y aferrarme a nada,
como siempre vengo haciendo.

I was born right by the mountain,
from a place where eagles would sore.
Now I’m saying goodbye to my hometown
I’m going where I never been before.
Mama don’t you cry, daddy please just say goodbye…
Cause, I’ve gotta live before I die, but I’ll be coming back home soon.
I’ve gotta learn to live my life, I’ve gotta learn to stand and fight.

rggt.jpg

Madrid es eso

Madrid es eso.

Madrid es sentirse invencible. Madrid es que no te responda al mensaje y que no pase nada. Madrid es recorrer todas las calles que unen Antón Martín con Bilbao escuchando Dos noches en el Price a todo trapo. Sentirse videoclip, cantante y actor en lo que recorren veinte pasos.

Madrid es no encontrarse y seguir buscando. Madrid son los ladrillos rojos y las baldosas negras. Madrid es amar la soledad con la compañía de cien mil transeúntes. Madrid es despertar con el sonido de los coches y volver a casa con todos los colores del mundo en el cielo.

Madrid es eso.

Madrid es el amarillo de sus luces y el calor de sus tabernas. Es recorrer una ciudad a pie como quien recorre un pueblo.

Madrid se hace pueblo cuando la ciudad se convierte en casa.

Madrid es el escepticismo, el cinismo y el despecho. Es la intensidad, la melancolía y la morriña. Y todo al mismo tiempo mientras lo hundes en tu Mahou y te lo bebes de un sorbo.

Madrid son las putas de Montera, los suburbios de la Gran Vía y todos los bares que te engullen y adelantan las horas del reloj por la noche. Madrid es olvidarte de volver a tu cama.

Madrid es eso. Madrid es latencia y una patria de la que hasta ahora renegaste, hasta que viviste en Madrid.

Madrid son las hojas otoñales que pisas por la Ciudad Universitaria. Y todas las barandillas negras que son como de lija.

Madrid es el calor del metro una tarde de febrero. Y todos los restaurantes de la gastronomía mundial que habitan en sus calles. Madrid es vestirse como quieras y que nadie te mire. O que te miren todos.

Madrid son los ojos que te buscan al entrar en el bar. Madrid es un “¿Qué os pongo?” y un “Me pones”. Un cruce de palabras. Un hasta siempre disfrazado de hasta nunca. Un hasta nunca con alma de hasta siempre.

Madrid es siempre. Madrid es todo. Madrid es poco.

Madrid es todo lo que te encuentras desde que sales de casa hasta que vuelves a ella. Eso es Madrid. Todo lo que no te esperas. Madrid es cien veces una historia y cien historias a la vez.

Madrid es eso.

Y yo sigo siendo de Madrid.

1491591_10204546209368759_9027950330035143656_n.jpg

 

algo tenía que hacer mal

¿Cuánto tiempo se supone que uno tiene que aguantar amargado?, me pregunté una mañana cualquiera de jueves mientras me encajaba la chaqueta en los hombros.

Anoche fui con unos amigos a tomar un par de cervezas, en pos de salir de casa y que me diera el aire después de un día de mierda que, por cierto, últimamente tienden a repetirse.

Me levanté con esa pregunta porque uno de mis amigos, tras mi discurso amargo respecto a la oficina, me dijo “¿Estás harta ya?, ¿pero cuánto tiempo llevas, alma de cántaro?”. Por suerte, aluciné con esa pregunta. Y digo por suerte porque mi amigo hizo una pregunta absolutamente normal. Pero, lamentablemente, no debería serlo. ¿Por qué es normal decir “No puedes estar amargado ya, si llevas ocho meses”? ¿…y cuánto tiempo se supone que debo aguantar para tener derecho a afirmar con la boca grande que soy infeliz ahí? ¿Un año?, ¿dos?, ¿quince?

¿Cuántas mañanas más tengo que levantarme pensando qué podría hacer para no tener que entrar en una oficina?

Pero por muchas preguntas que me haga, siempre encuentro la misma respuesta: “La gente lo hace”. La gente – lo hace. La determinante definido gente sustantivo lo complemento directo y hace verbo y núcleo del predicado.

Y esta sencilla frase de cuatro palabras abarca todo tipo de pecados.

Entre ellos, el que la gente se tome el lujo de permitir que los años pasen de largo mientras les hace una reverencia quitándose el sombrero. Adiós, muy buenas, que pasen una linda tarde. La diferencia es que de esos años te despides para siempre. Y la gente se despide tan tranquila y llanamente. Como si nada. Como si tal cosa.

Mira yo me considero un ser humano más o menos respetable. Intento reciclar, cuido de los animales, llamo a mi abuela menos de lo que debería pero soy muy cariñosa cuando estoy con ella, nunca me he escapado de casa y no he engañado a mis padres con ninguna asiduidad. No tomo drogas y bebo menos que nunca. Ni siquiera fumo. Ni lo he hecho. Y a estas alturas dudo que lo haga. Voy sobreviviendo mes a mes, digo por favor y gracias, cedo el sitio a la gente mayor y hasta a veces soy altruísta. Nunca le he faltado el respeto a mis familiares y me considero una hija más o menos decente. Pero lo siento, no puedo trabajar en una oficina.

Y parece que, por ello, soy el mismísimo Satanás.

Como si querer complicarme la vida fuese su problema. Como si mi vida fuese del resto. Como si un trabajo estable fuese más valioso que irme a dormir contenta cada día. Maldita sea.

Tengo toda la rebelión del mundo porque no tengo ni veinticinco años y a esta edad todos queremos romper con lo que nos imponen. Que sí. Y también tengo montones de amigos de mi edad, y más jóvenes, que ya están amargados y no piensan hacer nada al respecto. Y tantos amigos mayores que llevan años amargados y así van a continuar. Quizá la edad no nos enlaza tanto como muchos piensan.

Yo prometo que si tuviera varias vidas me pasaba una de ellas metida dentro de una oficina y sin quejarme. Pero sólo tengo una y no pienso desperdiciarla entre cuatro paredes cinco días a la semana ocho horas al día cincuenta años de mi vida para escaparme un mes al año. Me parece sorprendentemente ridículo hacerlo, ojo, para el que no quiere hacerlo. El que se siente a gusto que lo disfrute y hasta le envidio porque todo parece más fácil. Pero yo prefiero romperme la cabeza pensando cómo tiro mi vida hacia adelante que romperme la cabeza pensando en cómo escapar de ella.

Seguramente me equivoque y mi inconformismo no sea más que un defecto, una lacra. Seguramente me arriesgue constantemente y seguramente no sea muy inteligente mi decisión de preferir ser un indio que un importante abogado.

Pero oye,

no fumo,

no bebo,

no me drogo.

Algo tenía que hacer mal

para sentirme orgullosamente bien.

captura-de-pantalla-2016-10-20-a-las-17-03-57

Ser o no ser Charlie, ésa es la cuestión

Harta estoy de leer tantos y tantos textos defendiendo a capa y espada -casi tan famoso como “Yo soy Charlie”- el “Yo no soy Charlie”.

Vamos a ver. Nos encontramos con el clásico problema de siempre: el generalizar o no hacerlo. En esta vida hay demasiadas palabras, demasiadas personas, demasiados ejemplos, demasiados casos, demasiadas visiones, demasiadas cosas. Hay demasiado. Por lo tanto, así de buenas a primeras, diré que es sano generalizar. Es sano resumir. Es sano esquematizar. Porque si nos tenemos que poner a dar explicación de cada matiz, nos podemos morir viviendo.

Con esto quiero decir lo siguiente, lo que yo he entendido tras el “Yo soy Charlie”.

“Yo soy Charlie” no significa “Viva Charlie Ebdo y sus caricaturas sarcásticas y faltas de respeto”. Que parece que es lo único que entienden los moralistas de turno. “Yo soy Charlie” significa “Estoy en contra de la violencia contra el periodismo, de justificar una matanza porque un periodista ha dicho algo que no nos gusta”. Y especifico: contra cualquier tipo de periodismo. Sea bueno, sea malo, sea respetuoso, no lo sea. Una cosa es el humor negro y otra cosa es matar a causa de él. No sé si me explico. De ahí el “Yo soy Charlie”. Muy distinto sería que miles de musulmanes se manifestaran contra Charlie Ebdo y, en respuesta, miles de franceses y europeos respondiéramos con un “Yo soy Charlie”. Pues no, ahí no. Porque la comunidad musulmana tiene todo el derecho del mundo a manifestarse contra Charlie Ebdo, y no por ello deberíamos responder apoyando a Charlie Ebdo. Sin embargo, los musulmanes no tienen derecho a atentar contra Charlie Ebdo, por eso respondemos “apoyando” a Charlie Ebdo, ergo “al caso Charlie Ebdo”.

De ahí mi pequeña explicación al hecho de resumir las palabras, las ideas. Es decir, de poner en una pancarta “Yo soy Charlie” en lugar de poner “Estoy en contra de la matanza que se ha cometido en la sede de Charlie Ebdo” (sencillamente porque no cabe). Por ello, cada vez que se lea un “Yo soy Charlie” no hay que entender que dicha persona apoya la filosofía de la revista, sino que está en contra de lo que dicha filosofía ha producido: un atentado mortal.

Con esto quiero decir, ni más ni menos, que ya está bien de ir de moralistas, de tratar siempre de quedar por encima de la muchedumbre y de quedar como el filósofo antisistema de turno sólo por el hecho de coger una frase representativa y analizarla hasta el infinito y más allá. Porque un buen emisor se basa en esto: en conseguir esconder un profundo y minucioso significado tras la más breve oración. Y, quizá, el truco en ser un buen receptor no es buscarle el sentido literal a esa frase, sino en ser capaz de comprender qué mensaje se oculta detrás de ella.

“He saved me, in every way a person can be saved”

Empiezo el post con esta frase de Titanic, que pronuncia Rose respecto a Jack.

Hoy quiero escribir sobre ti, y sobre por qué te dedico esta frase de película.
Sin ningún tipo de melancolía, ni tan siquiera añoranza. A veces también me es posible escribir cosas en frío, y sólo necesitar plasmarlas en unas líneas porque dentro están gritando.
Escribo sobre ti para darte las gracias, para soltar “gracias” al aire y que te llegue de una forma u otra, porque este escrito no lo voy a difundir, se va a quedar aquí escrito, como quién mete un mensaje en una botella y lo suelta al mar, sabiendo que alguien algún día lo leerá pero sin importar cuándo ni quién.
Escribo porque me cambiaste la vida. Y sí, también lo admito, todas las personas que han pasado por mi vida me la han cambiado. En mayor o menor medida, de una forma u otra, pero lo han hecho. Sin embargo, tú me hiciste uno de los cambios definitivos. Uno de estos cambios que no duran el tiempo que dura la relación. Es decir, uno de los cambios más importantes. A veces lo pienso y me acompleja muchísimo pensar que yo no haya sido capaz de aportarte ni una décima parte de lo que me has aportado tú. Me siento mínima. Pero esto no es de lo que vengo a hablar. Vengo a hablar de todo lo que me aportaste para hacerme mayúscula, vengo a hablar de lo único que se habla cuando una ruptura se supera: de lo bueno.

Me hiciste valiente. Me enseñaste a afrontar de cara las adversidades y, lo que es más importante, hasta a darles un abrazo. Me hiciste entender el significado, como quién dice, de vuestra frase “e se chove, que chova”. Y con una sonrisa. Bien grande. Siempre.

Me enseñaste a ver la cara real de las cosas: esto es así, y es la realidad, no busques otra, que no la hay. Y a partir de ahí moldearla de tal manera y con tal arte de ser capaz de amar la realidad y lo que ésta nos brinda.
Me enseñaste a amar los pequeños momentos y a saber sacarle la mayor admiración del mundo hasta al bocado de una magdalena.

Me enseñaste que se puede vivir en el Olimpo en la mismísima Tierra. Me enseñaste que se puede ser un Dios cuando todos se limitan a ser mortales, porque de mortal tampoco se está tan mal… Pero es que de Dios se está de la hostia, y siempre hay que ir a por más.
Me enseñaste a volcarme en lo que hago, porque “de facer as cousas, facelas ben” (de hacer las cosas, hacerlas bien). Me enseñaste que hacer algo de manera regular es no hacer nada. Es perder el tiempo. Que la vida es un diamante en bruto y hay que sacarle brillo y darle forma.

Me enseñaste que la crítica de las personas puede llegar a ser un tesoro, y me lo enseñaste siendo paciente y elegante hasta en frente de esas personas que parece que sólo ocupan su lugar en el mundo para criticar y para hundirte (entonces en su momento yo intenté enseñarte que lo hacen porque no saben escribir o decir palabras como las que te estoy dedicando, y la gente cuando admira a alguien sólo puede tomar dos caminos: envidiar o tomar ejemplo). Lástima que mucha gente opte por el primer camino, qué gente más pobre de corazón.
Y repito, ser elegante ante críticas (muchas sin fundamento) es algo digno de envidiar. Yo intentaré tomar ejemplo.

Me enseñaste a dar tanto, tanto de uno mismo, que hasta se puede dar de sí. Me enseñaste a comprometerme a decir “Sí, claro que puedo hacerlo” antes de pensar si puedo o no. Me enseñaste a meterme en el marrón de prometer que sí puedo para tener la obligación de aprender a hacerlo.
Ser consciente de que me has enseñado esto me provoca un nudo en la garganta. Es la sensación de la fortuna en el cuerpo. Y tener ganas de llorar de orgullo.

Me enseñaste a amar y sentir devoción por la aventura por encima de todo. Por-encima-de-todo. La aventura nos mantiene vivos, y eso es lo que más me diste: vida. Mis padres nunca te perdonarán por ello, aunque en realidad en el fondo saben que es lo que me hace feliz, y por eso nuestros padres lo respetan, porque tienen el superpoder de aguantar todo el sufrimiento que sea necesario con tal de ver a sus hijos sonreír. Mucha suerte la nuestra, tener padres tan increíbles.

Me enseñaste a perder por completo la noción del tiempo: de los días y de las horas. A comer porque se tiene hambre, a dormir porque se tiene sueño, a soñar porque estamos despiertos, a morirnos de vida. Me enseñaste a hacer del tiempo mucho más que una medida. Me enseñaste que el tiempo es, única y exclusivamente, aquello que nosotros hacemos en un espacio determinado. Eso es tiempo: acciones, y no minutos.

Me enseñaste a buscar oportunidades de negocio incluso donde otros sólo ven una piedra. Me enseñaste a hacer del trabajo una diversión. A centrifugar mi mente de tal manera que la gente adulta llegue a decir “de mayor quiero ser como tú”.

Me enseñaste a ser una ilusa, probablemente, y a ser una “somniatruites” como decimos en Mallorca, pero me da igual. Lo que tengo claro es que las personas que no son ilusas no imaginan más de la cuenta, y antes de “hacer” hay que imaginar. Y lo que tengo claro es que no llegaré donde quiero llegar si antes no me lo he imaginado. Así que gracias, porque de tantas y tantas cosas que has provocado que imagine, llegaré por lo menos a unas cuantas. Y créeme, me será suficiente.
Serán muchas más de las que conseguiría si no hubiese imaginado tanto.

Me enseñaste que cambiar de opinión es algo sano y necesario, y me enseñaste que esto se hace escuchando a las personas y analizando lo que dicen para valorar un cambio en nuestro pensamiento, que siempre es positivo. Que lo que no se airea, se pudre. Me enseñaste que se puede escuchar con atención incluso a quién menos deseas oír.

Me enseñaste que ante TODO se puede hacer ALGO, incluso ante lo que no hay nada que hacer: porque se puede aceptar y actuar elegantemente. Incluso ante la adversidad, el deterioro y fin de nuestra relación, me enseñaste que se pueden poner las cosas fáciles cuando todo esta terriblemente difícil. Me enseñaste que se pueden tirar pétalos de rosa en un camino de espinas. Me enseñaste que se puede sonreír en la oscuridad. Es decir: a sonreír exclusivamente para uno mismo.

Me enseñaste hasta el último día de nuestra relación. Me enseñaste todos los días. Me enseñaste incluso antes de tener una relación. Me enseñaste y espero que me enseñes siempre.
Porque, por encima de todas las cosas que he dicho, y todas las que seguro que me dejo, me enseñaste que estamos aquí porque nos han dado un regalo increíble, maravilloso, con mil y una oportunidades, con un abanico de experiencias, un patio de recreo. Un regalo que es la vida. Y nos lo han dado, y no nos lo volverán a dar. Y me enseñaste a ver que aún con ésas hay gente capaz de no aprovecharlo al máximo. No sé en qué estarán pensando, pero en que sólo vivirán una vez desde luego que no.
Me salvaste, en todos los aspectos que alguien puede ser salvado.
Porque sólo se vive una vez, pero si se vive bien, una vez es suficiente.

Gracias Rubén.