A mí me da miedo

A mí me asusta cambiarlo todo.

Alejarme de mi familia. De mis amigos. Dejar de tener un plan a golpe de llamada. Me asusta reducir mis comodidades a casi ninguna y no saber si la calle en la que estoy entrando es segura.

Me asusta empezar de nuevo, buscar trabajo, una casa, acostumbrarme a una moneda. Me asusta desacostumbrarme de tu cara y que se me haga un nudo en la garganta cada vez que alguien pronuncia tu nombre, aunque no te estén nombrando a ti.

Me asusta tener que cocinarme en lugar de darle un beso a mi madre y preguntarle qué hay para cenar. Bueno, mentira. Eso no me asusta. Eso me destroza de pena.

Me asusta preguntarme una y otra vez qué hago aquí, y todavía me asusta más tratar de evitar esa pregunta. Me asusta la diferencia horaria y saber que en una hora ya casi nadie va a responderme. Me asusta estar triste porque estoy asustada y que asustarme me entristezca. Tener más momentos de duda que de rotundidad. Equivocarme. Deshacer lo andado. Acobardarme. Fracasar. Todo eso me asusta.

Me asustó un vuelo de 10 horas. No tenía miedo de coger un avión desde hace 5 años; lo recuerdo perfectamente: Denpasaar-Madrid. Ése fue el último vuelo en el que tuve miedo, y llegó Madrid-Cancún, y volví a asustarme. Nunca me había dado miedo un vuelo de ida. Hasta ayer.

Me da miedo porque no es un viaje, es una apuesta.
No es un recreo, es un colegio.
No es una prueba, sino un reto.

Y por eso tengo miedo. Porque estoy incómoda, porque estoy triste, porque estoy un poco perdida.

Y aunque me asuste,
lo hago.

Porque prefiero vivir asustada apostando que andar cómodamente renunciando.

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El deseo es una grieta interior que te destroza mientras se abre paso entre tus principios, fortalezas y máximas morales. No entiende de orgullo. El deseo nunca jamás cuenta con tu orgullo. 

El deseo es algo que te revienta el pecho y arrasa con todos tus bosques mientras tú aún no has tenido tiempo de soltar el primer suspiro.
Por eso, con el paso de los años desaprendo cada día. Yo tenía mis premisas, mis juicios y mis sentencias. Y nada las rompe, salvo el deseo.
Yo me juro y me traiciono. Me prometo y me incumplo. Y elaboro una serie de normas que me predispongo a tirar de la mesa en cuanto entre por tu puerta.

El deseo es mi demanda follándose a tu oferta. Muy fuertemente.

La definición está en que desear a alguien no reside en la lógica ni en la bondad. Ni tan siquiera en los sentidos.

Desear a alguien reside en la insensatez amarga de aceptar que no tiene ningún sentido todo lo que estoy desabrochando pero que, al desabrocharlo, todo cuanto habita fuera de ese espacio se reduce a un simple interrogante.

sin remitente

Esta carta llega sin remitente.

Así que no te espero. Ahora ya como siempre. Ni me contestes.

En una realidad pararela te estoy queriendo tanto que no alcanzo a entender por qué ahora no.

No alcanzo. No comprendo. Pero yo no juego si el juego no lo entiendo.

Espero que lo entiendas.

Aunque ya sé que no

porque no vives dentro de mí.
Aunque quisieras.

//

A veces sospecho que ‘mi verdadero yo’ sólo se manifiesta cuando estoy viajando.

Es como si no perteneciese a ningún lugar en concreto sino a una acción: el desplazamiento.

El movimiento.

Mucha lógica tiene que uno aprenda más viajando que en el portal de su casa. Pero lo que yo siento es distinto. No se trata de un “viajar me enriquece”, que es más que obvio. Se trata de un “viajar me ubica”. 

A muchas personas viajar les descoloca. Sienten que son unidades en desplazamiento efímero que en algún momento llegarán a su casa. Me pasa lo contrario: Estar en casa es algo pasajero, un paso, un momento. Viajar, sin embargo, es volver a casa.

Y así las cajas con mis cosas nunca están deshechas del todo y cada vez el concepto “mis cosas” se vuelve más estrecho. 

Mi baño es un neceser, encuentro acogedora una mochila y me identifico más con mi pasaporte que con mi DNI.

Y así cómo pretende uno definirse, si su identidad está en suelos que todavía no ha pisado.

//

Por supuesto me acuerdo,

y recuerdo. 

Aunque no lo creas, yo también me espero.

//

Te darás cuenta de a qué me refiero

quizá con otros 24. Quizá con menos. Pero he aprendido que nada real está amenazado. Repitiendo

nada real está amenazado.

Tan solo precintando por no corromperlo. Por no romperlo. Para no dejar de idealizarlo. Quizá por eso.

Cuando yo aparezca

será con todo. Con nada menos. Seguramente a destiempo, 

como siempre vengo haciendo.

Pero iré con todas y a por todas,

como siempre vengo haciendo

cuando me topo con algo en lo que realmente creo. 
Llegamos en mal momento.

Las cosas que te debo

Te debo el sí,
y el quizá no.

Te debo mil incertidumbres
y no saber en qué zona de la grada tengo que sentarme.

Te debo el conocerte demasiado sin saber quién eres.
La libertad y su jardín de flores.

Te debo el significado de todas las cadenas
que no me has puesto.
Y, por consiguiente, todas las cadenas que decidí tirar a la basura,
al no ponértelas.

Te debo la comprensión y la tolerancia,
la empatía
y ese tipo de libertad que sólo es tuya si consigues darla.

Te debo el saber quién soy
a cambio de intentar saber quién eres.

Te debo la planitud y la plenitud.
Los extremos que retumban en un pecho.
Y los acantilados que frecuento para recordar que tengo

y que me das
alas.

Te debo la verdad, el oxígeno, la paciencia.
Y todos los diálogos internos.

Te debo, al fin y al cabo,
aprender que el amor consiste en liberar al otro

y luego ir viendo.

Feliz hoy, Día Cualquiera

Puede ser que algunos días especiales esperes algo

y no lo recibas.

Puede ser que no recuerde fechas clave
y no pase
por todos los rincones del calendario por los que debería pasar.

Pero también pasa que días especiales, al año,
existirán unos veinte.

Treinta quizá.

Y si tenemos eso en consideración,
quedan sueltos 345 días.
345 días que merecen el mismo protagonismo que cualquier otro,
porque al final los acabamos desechando
y así pasa la vida,
sin darnos cuenta. Por no mirar a los ojos a todos lo días,
sino sólo a unos cuantos.

Así que, sí, prefiero venerar el día que menos esperas.

Un martes cualquiera. Un jueves. Un lunes quizá. Quién sabe.

Un día de tu vida, eso ya es suficientemente importante.

Feliz hoy, Día Cualquiera.

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TODOS LOS MONSTRUOS #4

Soy todas las rendijas de tu calle.
El empedrado que te lleva a casa.
La farola que se funde justo cuando pasas.

El suelo mojado, la puerta tapiada.
Las venas que encierra una manzana.

Soy cada portalón de madera que tocas con la mirada.
Las sombras de las que rehúyes,
los pasos que te acechan mientras andas.

Soy la lluvia, la escarcha,
tu melancolía.

Las llaves, tu puerta…
sin casa.

 

Part time lovers, full time fools.

 

Héctor.

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TODOS LOS MONSTRUOS #3

El tiempo que llevo perdido es incalculable.

Arrancándome la piel a tiras para escribir en ellas tu nombre.
Después las arrugo, las tiro,
como el escritor que no encuentra la línea perfecta. El cierre de su novela.

El rastro de tu estela.

La farsa de mi primavera.

***

Me gusta aguardar bajo la tormenta mientras te espero.
Es mi momento favorito del día. En el punto más álgido del chaparrón,
cuando el trueno no espera a que desaparezca el rayo, protagonizando a la vez
un orgasmo.
El trueno retumba en mi pecho y

aunque es oscuro y triste,
me recuerda que estoy vivo.

Que te estoy esperando.

Siempre está esa tormenta
en la esquina en la que aguardo.

El día está soleado,
y la gente le sonríe al cielo claro.

Yo, sin embargo,
ando medio vagabundeando bajo un sol que me desquicia.

Hasta que llego a la esquina donde se juntan tu calle y la mía,
donde siempre está lloviendo.

Eso me encanta. Mis dos cosas favoritas.
La lluvia.
Un encuentro.

 

Héctor.

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HOMETOWN


Hoy esta canción me duele.

Hoy me duele más que de costumbre.

Volver a deshacer mis cajas, y ya perdí la cuenta.

Y pedí la cuenta.

Hoy no sé, hoy no me encuentro

ni me proyecto.

No me reflejo en ningún sitio. Hoy no me despego. Hoy no me doblo. No encajo.

Hoy no me veo.

Despedirse, reubicarse,
redefinirse, hacerse viejo.
Arrugarse, mojarse, romper mi espejo.

Hoy no lo sé, hoy no lo veo.

Pero a ciegas, seguir andando.
En esta cinta mecánica donde parar es retroceso.

Hoy sigo andando, vacilando, cargando peso.

Y cuando llegue, la vista atrás,
sólo para recordar por qué empecé el proceso.
Y aferrarme a nada,
como siempre vengo haciendo.

I was born right by the mountain,
from a place where eagles would sore.
Now I’m saying goodbye to my hometown
I’m going where I never been before.
Mama don’t you cry, daddy please just say goodbye…
Cause, I’ve gotta live before I die, but I’ll be coming back home soon.
I’ve gotta learn to live my life, I’ve gotta learn to stand and fight.

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