TODOS LOS MONSTRUOS #9

A veces adivino mentalmente la geografía del precipicio al que me estoy acercando. A veces huelo el abismo. Es un olor terrible. Huele a vacío, a azufre. Huele a sentencia. Es una verdad amarga que se cuela por la ranura de mi paciencia, que suelo tener mal cerrada, y se expande como una gota de tinta en un cubo de agua. Es entonces cuando sé que han vuelto. Aquí están de nuevo. Los mismos monstruos que me acariciaban el pelo, los hombros y los párpados en cada esquina que acostumbraba a doblar. Los presiento como quién siente que alguien le sigue por una calle angosta. Los presiento como quién sabe que alguien le está mirando. No hay una demostración empírica. No se representa mediante fórmulas científicas, pero se sabe. Sé que están ahí. Me molestan, me incomodan, y vuelvo a no saber dónde sentarme. Me encuentro, una vez más, pateando piedras por la acera mientras me desbordo calle abajo.

Nadie me responde al otro lado del espejo. Nadie apoya la mano sobre la mía cuando la busco en mi reflejo. A veces temo que seas un paso en falso. Un doble fondo. Un suelo que vence bajo mi pisada.

 

A veces temo que todo este castillo no sean más que un par de naipes apilados.

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Héctor.

 

El apocalipsis de la opinión

Hoy he tenido un sueño que representa de una manera paradójica y clara la realidad en la que vivimos.

La movida que he soñado es que una amiga mía, Clara, subía un storie desde el aeropuerto hablando del dolor de las pérdidas y subiendo fotos de su novio (como si lo hubiesen dejado). A mí me parecía raro que hiciese ese show vía redes sociales, grabándose llorando en el aeropuerto (algo que, realmente, ya hemos visto todos: gente que se graba llorando…) y diciendo que iba a luchar por él y por no perderle. El caso es que, preocupada, le preguntaba qué había pasado.
Aquí empieza lo bueno.

Clara me cuenta que su novio estaba en el aeropuerto cuando se topa con un revuelo de gente alrededor de una aparente intervención publicitaria en el lugar. Se trata de una ONG llamada “no sé qué Activa” y dicha intervención son los muñecos de 3 bebés amputados, desangrándose y hasta cuenta con la presencia de un bebé articulado que tiene espasmos agonizantes, todos ellos repartidos por diferentes puntos de la Terminal. La gente, por lo general, reacciona indignada ante tal salvajada. Sin embargo, hay unos pocos (entre ellos el novio de Clara) que se posicionan diciendo que la campaña no les parece mal porque sobra gente en el mundo y que si se morían niños no es tan grave porque total ya somos demasiados (un discurso sin escrúpulos, pero tampoco incoherente).

El caso es que la gran mayoría, indignada ante la campaña y alimentada por la “bondad agresiva” característica de los días que vivimos, comienza a agredir a la minoría que no se escandaliza con la campaña.

Hasta tal punto que, fruto de las agresiones, un individuo de esa minoría, muere.

Tras esa muerte y ese descontrol, el aeropuerto entra en caos. Y ante la peligrosidad y violencia de ambos bandos, los familiares de los que se encuentran en el aeropuerto comienzan a preocuparse, a posicionarse a favor del familiar y a desplazarse al aeropuerto para hacer más piña.

Las televisiones comienzan a hablar de dicha campaña y el caos que ha generado, y mi amiga Clara me insiste en que, si tan amiga suya soy, me desplace al aeropuerto a apoyarla. Yo, que aún no dispongo de la información suficiente, lo hago. Cuando llego al aeropuerto, soy por fin consciente del marrón en el que me acabo de meter.

Consciente de mi error, mi único objetivo ya no es Clara sino la salida. Y, cuando me encuentro con ella, lo primero que hago es abandonarla ante su indignación y frustración, y me voy deshaciendo en disculpas a buscar una salida (lo siento, Clara).

El aeropuerto está colapsado y, antes de que encuentre la salida, el aeropuerto se blinda de cara al exterior. Nadie más puede entrar y, por supuesto, nadie puede salir. La gente se empuja, se pega, se trata de matar. Mucha gente quiere escapar, pero el problema viene (una cómica representación del mundo en el que vivimos) cuando, si quieres salir del aeropuerto, debes posicionarte en un bando.

En la entrada hay un fulano que te tatúa según tu posición al respecto.

Un 1 es que estás en contra de la campaña, un 0 significa que estás favor, y un infinito es que no te posicionas. ¿El peligro? Que hay cientos de personas amontonadas a tu alrededor, e independientemente de dónde te posiciones, vendrá un bando u otro a acribillarte hasta la muerte. Si decides no posicionarte, vienen los dos.

El objetivo principal de cualquiera que esté en el aeropuerto es impedir tu salida para que luches o mueras. Lo gracioso es que yo pienso “Vaya, por lo menos mi madre no podrá reprocharme este tatuaje”.

Sin embargo, en vista de que tatuarme es sinónimo de morir apaleada, decido no hacerlo para buscar una salida y escaparme. Idea que, al poco rato, veo que no soy la única a la que se le ha ocurrido.

Me compincho con varios trabajadores del aeropuerto que, con poco éxito, me dicen “Sígueme, yo conozco una salida”, pero poco después descubrimos señales como las migas de pan de Pulgarcito que nos indican que alguien ya ha pasado por ahí y eso significa que están atrincherados los que se nos han adelantado, esperando a algún fugitivo para matarle.

El caso es que empiezo a ver cómo aviones amenazantes sobrevuelan el aeropuerto y comienzan a arrojar lo que parecen bombas, ante mi estupefacción. “Tengo que salir de aquí”, me digo a mí misma, pero parece demasiado tarde: gente corre de un lado a otro, las salidas se encuentran colapsadas por cientos de personas, las plantas del garaje se vienen abajo, los televisores del aeropuerto rezan titulares como “Guerra en el aeropuerto”, “¿El comienzo de la Tercera Guerra Mundial?” “El aeropuerto se ha convertido en ratonera”, y barbaridades así.

En la búsqueda desesperada por una salida, me compincho con varias personas que piensan como yo: “Sobran niños en el mundo pero tampoco quiero matarlos”. Se trata de un posicionarse, y no.
Nuestro objetivo es huir como huirían las ratas ante el diluvio universal. Fuera del aeropuerto se comienza a ver cómo la ciudad también entraba en caos: autopistas colapsadas, accidentes, peleas, asesinatos con hachas y todo tipo de utensilios comunes… Un festín de ira en nombre de la bondad.

Ya es demasiado tarde, si sales te encontrarás con lo mismo de lo que huyes. Es la guerra. La guerra en mi propia casa. Y sólo puedo pensar en mis padres y en mi gente. Ahora mi objetivo es reunirme y atrincherarme con ellos. Saber que están bien.

En una de éstas, de la nada, veo huir a mi padre del aeropuerto con un cochecito de golf, de estos de los aeropuertos. Mi padre no sabe que yo estoy ahí y veo cómo lo pierdo entre la gente, y no vuelvo a verle más en el resto del sueño.

Recuerdo meterme en las Redes Sociales y eran el mismo caos: amenazas de muerte, anuncios push que te insultan, encuestas de instagram obligatorias para que te posiciones, y locuras así.

No recuerdo muy bien cómo (típico de los sueños) pero la consulta de las Redes Sociales ya la hago desde un coche descapotable. He conseguido salir del aeropuerto, pero la muerte está todavía más cerca. Ya no tengo opción: luchar o morir. No recuerdo quién conduce, pero consigo hacerme con un hacha e ir degollando a quienes se acercan a nuestro coche. Recuerdo cortarme la piel de la mano pero no sangrar (¿tendrá algún significado onírico?).

El caso es que yo sigo matando gente como si no hubiese un mañana (que todo indica que, efectivamente, no lo va a haber), y nuestro coche se va abriendo paso entre el tráfico y el caos infinito de la ciudad. Todo está derruido. Todo el mundo lucha contra todo el mundo. Ya no hay opiniones, sólo pelea.
Y me he despertado. Éste ha sido mi sueño.

Mis sueños suelen ser guiones exactos de cosas que no se me ocurrirían despierta. Pero esto me ha parecido una hipérbole de la sociedad en la que vivimos hoy en día, y me apetecía contarlo. A veces pienso que no estamos tan lejos de tal locura, viviendo en un mundo donde posicionarse es obligatorio y donde “los buenos” suelen ser los que más acribillan tu existencia, paradójicamente.

En fin, no voy a reflexionar más, que colapso por dentro.

TODOS LOS MONSTRUOS #8

No sé cuántas palabras están proyectadas en mi techo. El número de horas que acumulo adivinándote empieza a parecerme un acertijo. Y aquí estoy de nuevo, escribo para salir a tomar el aire.

Hace años que vivo manchado de sangre. De cada lucha que libro, rara vez soy yo el que sangra. Acuchillé con la frialdad del carnicero a cualquiera que tuviese una pretensión más ancha que la mía. Sin embargo, cuando la sangre derramada era la propia, nunca fue con honra. Era una sangre inmerecida para el que tuvo la osadía de arrancármela.

Hoy la luz es distinta. Camino bajo un sol que generalmente me desquicia, pero avanzo porque sé que tú también eres lluvia.

Me adentro en este bosque con la incertidumbre del expatriado, pero piso descalzo un suelo que sabe a musgo. Huyendo de mí conmigo. Acercándome a ti con sigilo. No soy más que un depredador buscando cobijo.

Mis pies pertenecen a calles oscuras y luces tenues, a bocacalles con neblina y una humedad poco sincera, de la que te cala hasta los huesos sin darte cuenta.
Encarcelado en mi propio castillo de sombras, mi pecho siempre fue una catedral gótica. Aunque mi apariencia engañe, no soy más que lo que dejaron unas cuantas caricias rotas.

Ahora me pierdo entre estas motas de polvo que brillan bajo una luz dorada. Un coro de cien sopranos retumba en esta catedral de pináculos y bóvedas, despertando a toda criatura que habitaba en sus tinieblas, haciendo vibrar hasta la última vidriera. No sé quién está entrando entre estas cuatro paredes, pero nadie gira esta llave si no sabe a qué precede. Descubro, entonces, que existen los cerrojos duplicados. Que no soy el único con un desgarro latente. No te di mi llave, pero la tienes.

Insisto, no sé cuántas frases están proyectadas en mi techo, pero allá donde mire, te leo. Y entonces descubro que mi pecho deja de ser un abismo y se convierte en un punto de encuentro.

 

 

Héctor.

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TODOS LOS MONSTRUOS #7

Soñar contigo el otro día me despertó del letargo en el que pensaba que vivía.

Mirarte a los ojos en ese sueño, y agarrarte la cara con mis dos manos, me hizo entender la vulnerabilidad de mi castillo. Llevo unos cuantos años construyendo, cimiento por cimiento, un dudoso amasijo de pretextos que defienden esta pausa. Cómo te explico, sin explicártelo, que todo mi suicidio emocional lo reavivas tú en un simple sueño. Cómo me explico a mí, sin querer entenderlo, que esta pausa emocional no es más que un luto. Y te sigo llevando flores.
Porque para mí estás muerta.
Aunque te siga viendo, no me queda más remedio.

Cómo acepto que llevo clavada una espada en el pecho que sólo me arranco cuando alguien trata de acercarse a mí, para luego volver a clavármela.
Cumplo una cadena perpetua de un crimen que no he cometido. Comprometiéndome únicamente con todo lo que he sentido y huyendo despavorido de todo lo que podría sentir cuando alguien busca mi techo.

Y ya no sé cómo hacerlo. Ya no sé cómo borrarte si tu figura ya no es lo que me atrae, sino todo lo que despertaste y nadie más lo ha hecho.

Ando buscando una mirada que consiga hacer temblar mis piernas. Ando buscando a alguien que tenga el poder de citarme a una hora y presentarme veinticinco minutos antes para asegurar mi puntualidad, aunque luego deambule por los alrededores del punto de encuentro hasta llegar diez minutos después de la hora prevista. Sólo por hacerte esperar un poco, aunque yo ya llevase esperándote desde hace mucho tiempo.

– Nos vemos a las ocho en el dieciséis de calle Berlín.

Y a las siete y media estoy ahí. Y me recorro la calle Berlín veinte veces, muerto de los nervios. A medida que se acerca la hora me alejo un par de calles y termino en la plaza Mayor.
Espero.
Me impaciento.
El estómago rompe todo mi silencio. Las ocho y cinco: me acero a ti a paso ligero.

Calle Berlín. Ocho y diez. Ahí estás y ya no sé ni lo que siento. Mi pecho boca abajo en un décimo.

– Perdona, llego tarde.

Y el tiempo que he estado esperando, desde las siete y media hasta las ocho y cinco,
(que se me ha hecho
infinitamente
e     t        e           r               n                 o),
ahora se convierte en un suspiro mientras disfruto del rato que te tengo.

Y este estúpido relato de una tarde cualquiera, en la que me citas a las ocho, me demuestra todo lo que me haces sentir con un simple movimiento.

Resulta que yo no me conformo con estar bien, nunca lo he hecho.
Yo quiero que me salga el corazón por la boca.
No me conformo con que alguien me guste,
quiero que me vuelva loco.
No quiero ver a alguien porque no tenga nada mejor que hacer.
Porque siempre tendré algo mejor que hacer
si esa persona que me cita
no consigue que deambule alrededor de ella
cuarenta minutos antes de que me mire.

Por supuesto que te he olvidado.
No te lloro, no te añoro, no te busco.

Pero no hay forma humana de olvidar
todo lo que volcaste aquí dentro.
Y ahora ya
ni lloro, ni añoro, ni me encuentro.

 

Héctor.

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TODOS LOS MONSTRUOS #6

Me desperté tendido en el suelo.

No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero varias botellas de bourbon elucubraban la respuesta.
Aún llevaba puesta mi gabardina. Recuerdo que me despedí de ti y me fui a casa. Lo que ocurrió después es una página en blanco.

Cada vez que me encuentro contigo entiendo por qué me he vuelto un gilipollas.
He construido un glaciar con mis sentimientos y, ahora, cada boca que beso es un portal en el que me resguardo cuando hay tormenta, sin llegar a entrar en la casa.

Cada vez que me miro al espejo adivino todo lo que no estoy sintiendo. Como el que lee entre líneas un texto lleno de cuchillas jugando a no cortarse.
Tú me enseñaste a no querer, justamente porque te quería.
Me enseñaste a no abrazarte con tal de que no me acostumbrara a tu fuerza de gravedad.
Me enseñaste a escapar de mí mismo sólo para que no te encontrara.
Te ensañaste conmigo, y me engañaste diciendo que me enseñabas.

Hiciste de tu debilidad la mía. Me dejaste un legado de hastío y desatino. Una caja llena de hilos y de agujas para que cosiera mi pecho de tal manera que estallara por dentro sin hacer mucho ruido.

De ti aprendí a caminar rápido para no memorizar tus calles. Fijarme en los detalles me facilitaría poner en venta tus portales. Me obligaste a lamerme las heridas, a atarme los modales. Me adoctrinaste bajo tu dictadura enmascarada. Tu orquesta estratégicamente desafinada.

Ahora sigo tatareando tu melodía,
pero te olvidas de que siempre seré tu debilidad,
porque te hice olvidar tus lecciones mientras me las aprendía.

 

Héctor.

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SOBRE LA POLÉMICA DE MI POST DEL SARGAZO

Voy a empezar esta reflexión alegando que soy experta en comunicación. Suena muy poco humilde, pero es lo que puedo afirmar después de estudiar Publicidad y Relaciones Públicas, con todos los conocimientos acerca de Comunicación y Redes Sociales que eso abarca, además de trabajar en diferentes agencias de comunicación, leer blogs sobre el tema, infinidad de libros sobre la materia y dedicar mi tiempo libre a estudiarme campañas de comunicación y evaluar sus resultados.

De todos estos conocimientos -y aunque me queden por seguir aprendiendo- saco en conclusión que un buen comunicador es alguien que es capaz de hacer partícipe de una idea a un gran número de personas. Con partícipe me refiero a que se interactúe con esa idea: bien sea apoyándola, rechazándola, o pensando en ella. Pero que forme parte de sus vidas por un espacio de tiempo determinado. Eso es ser experto en comunicación: Que tu idea pase a formar parte de la vida de alguien, aunque no sea para siempre, sino el tiempo que a ti te interese. 

En mi post sobre el sargazo coloqué estratégicamente las palabras, las oraciones y las reflexiones. Incluso hasta tenía pensada la foto. Las frases se me iban amontonando sobre la cabeza mientras me hundía en el sargazo y le pedía a mi amiga que se metiera conmigo para sacar la foto. Y cuando la tuve, llegué a casa y me senté a escribir.

Escribí sobre un problema en concreto para dibujar un problema en general. 
Hubo gente que se alzó en contra del escrito porque no era científicamente correcto. Porque no tenía unas buenas bases científicas ni porque había dado una información detallada. El caso está en que mi objetivo no era elaborar una tesis doctoral ni un ensayo científico acerca de vida y reproducción del sargazo. Ese nunca fue mi objetivo, y nunca dije que lo fuera. No soy científica, soy comunicadora. 

Mi objetivo con ese escrito era generar un impacto en parte de la población para hacerles recapacitar acerca del impacto humano sobre las costas, de la sobre explotación de las mismas. Es posible que mi escrito no fuese científicamente fundamentado a la hora de afirmar que el sargazo se reproduce estrepitosamente debido a nuestra contaminación, pero también es cierto que si cada año va en aumento es porque tenemos que ver en ello, aunque sólo sea por el aumento de la temperatura del mar. Que el sargazo antes no era tanto, y ahora sí. Que nosotros antes no éramos tantos, y ahora sí. En mi post no había ninguna mentira, había una exageración de la verdad, eso no lo voy a negar. Pero así es cómo consigues generar un impacto y tejer una denuncia. Fue un post denuncia, no un post científico. Y fue exactamente lo que conseguí.

Hubo tres reacciones generalizadas:
– Quiénes no tienen mucha idea científica pero saben que estamos generando un problema y quieren hacer algo al respecto – Apoyan el post y preguntan qué se puede hacer.
– Quiénes no tienen mucha idea científica pero quieren seguir alimentándose del dinero que genera reventar la costa marítima – Atacan el post y dicen que miente (sin aportar una verdad de peso)
– Quiénes tienen idea científica, cambiarían cosas del post, pero al mismo tiempo saben que estamos generando un problema así que ni lo apoyan ni lo atacan.

Con esto quiero decir que hay un factor muchísimo más importante que el mensaje: el emisor. Y hay que saber reconocer cuál es el objetivo final del emisor y a partir de ahí elaborar un juicio acerca del mensaje. Evaluar si apoya o no tu causa. Y mejorarlo con tus conocimientos o callar tu ignorancia.

Al fin y al cabo ese post fue una denuncia y su continente llegó al destino que tenía que llegar, aunque el contenido siempre pudiese mejorarse. No mentí en ningún momento, tampoco dije toda la verdad. Dije lo que tenía que decir para que llegase a 14.000 personas. Un ensayo científico, lamentablemente, no llega a casi nadie. Cuatro líneas correctamente expresadas no se expanden. Son las palabras crudas, las sentencias, el escándalo, lo que llega más allá. Siempre ha sido así y siempre lo será.

Nuestra labor como comunicadores es que os enteréis de que hay un problema.
Vuestra labor como receptores es que os informéis minuciosamente acerca del mismo. Y nunca lo haríais si al otro lado no estuviéramos nosotros haciendo ruido.

TODOS LOS MONSTRUOS #5

Cuando un fakir se tumba sobre su alcoba de clavos, conoce perfectamente el nombre y apellidos del diablo. Sabe a quién se dirige, y el idioma que le están hablando.

Yo llevo un tiempo andando sobre las brasas, descalzo, sin recordar a quién le di mis zapatos. Hace exactamente unos segundos que mi alma de cristal tocó el suelo y se resquebrajó en mil pedazos. Como la sonrisa que me dedicas cuando no la estás sintiendo.

Mis monstruos se reflejan en el techo de tu interior del mismo modo que lo hace una imagen externa dentro de una cámara oscura. Y al final no sé quién debería llevarse el reconocimiento: si tú, yo, mis monstruos o tu oscuridad.
Tal vez tu falta de empatía, o quizá tu alrededor forrado de espejos son los responsables de todos los interrogantes que se me acumulan en los bolsillos.

No creas que no me doy cuenta de tu abismo si, cada vez que te miro, me das vértigo. No intentes demostrar que te conmueve si, cada vez que me miras, tu cariño mira hacia otro lado.

Por culpa de este desierto estoy en bucle entre perdonarte y no entenderte. Entre ser intransigente o rendirme por completo. A mi derrota y mi victoria las separa una grieta oscura y profunda: Tú.

Y así, tengo la sensación de que ninguno de los dos tiene el valor suficiente para salir de este inframundo. Como si una calle oscura de Londres, en una noche de neblina, fuese la mejor metáfora para describir mi grieta. Y yo camino por ella, sin rumbo, sin pararme a mirar los detalles que me indican a qué altura del empedrado me encuentro.

Quizá porque siempre me gustó la niebla.
O porque siempre preferí pasear de noche.
Tal vez fue Londres.

Pero ninguna de mis aspiraciones me lleva a salir de ella. Es como si mi propio frío me diese abrigo. Prefiero soportar la exactitud científica de mi desgracia que buscar el equilibrio agotador de la esperanza.

 

Héctor.

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Me desquicias

Me desquicia no poder salir por la puerta de atrás,
quedarme encerrada en tu habitación.
Y que tú ya te hayas ido.

Tener que dejar de escuchar música porque suenas en cada canción.
Me desquicia no poder entrar en esa carpeta de fotografías de mi móvil porque cada imagen me cuenta tu historia.

Me desquicia que todos mis ríos aún desemboquen en ti y que todos mis caminos me lleven a tus ojos cuando preferiría que me llevasen a Roma.
Me desquicia conjugarte en mis verbos y que cualquier continente me lleve a tu contenido.
Me destroza hundirme en los brazos de otros y no encontrarte, porque no encontrarte desenmascara que te estaba buscando.
Me desquicia que me arranques más llantos que sonrisas y verte en todo lo que no tiene nada que ver contigo.
Me desquicia que aún me ganes, más por mi derrota que por tu victoria. Porque me gusta que ganes, siempre, pero no que me derrotes. Me desquicias, porque no te quiero conmigo y por eso me quiero menos sin ti.
Me desquicias porque aún te recuerdo y los días van sumando y el resultado es que cada vez tiene menos sentido recordarte. Y por eso me desquicio.
Así, aún con todas mis fuerzas, me desquicias porque mi sombra aún te anhela
y no tengo forma de despegarme de ella.

me duele el orgullo

no eres más que un montón de basura
que un día creí mía.
como quién se encariña de todos los bártulos de un trastero,
aunque no sean más que basura.
recuerdos inútiles a los que nos atamos,
sin entender muy bien cómo.
hoy eres basura que ya no necesito,
y te tengo acumulando polvo ahí abajo
sin ni siquiera recordar que te tenía.
perdiéndote entre la infinidad de recuerdos,
o de trastos,
que tengo de otras vidas.
y de ésta misma.

pero cuando contemplo la posibilidad de regalar esos trastos
me duele el orgullo.
por no utilizarlos, por no hacerlos míos,
por que ya no tengan espacio en mi cuarto.

porque ya no cabes entre lo que hoy tengo,
y lo que mañana quiero.

//

el trastero es tu lugar,
y siempre lo será.

siempre.

aunque no quiera ni tirarte a la basura,
ni regalarte,

meramente por cuestión de orgullo.