todos los monstruos #11

Te adivino por dónde paso. Y, la verdad, empiezo a sospechar si son las señales las que me hablan o si es mi pecho quién las suplica. 

De todas formas, tiendo a confundir la atracción con lo prohibido. Y no sé delimitar muy bien las líneas que separan el quererte del no poder tenerte. Se trata de un canto muy manido, lo sé, pero es el himno de los proscritos. De los que siempre acabamos huyendo. De los que no miramos atrás. Me derrumbo por dentro si te tengo en frente pero me reconstruyo fácilmente cuanto más te alejes. Y así no hay forma humana de creer en un sentimiento si el mismo se dibuja a partir de las circunstancias que lo rodeen y no en base a una realidad lógica. Yo te prometo que todo lo que siento es cierto, así como es real la escoba con la que lo estoy barriendo. Es la pluma que dibuja los extremos. La estabilidad se construye sobre unos cimientos perennes y estáticos cuya permanencia se difumina entre los sentidos. Como aquel cuadro que dejas de ver porque siempre está en el mismo sitio.

Yo, sin embargo, inestable y errante, generaré en ti un sentimiento de rechazo por el simple hecho de que no puedes asegurarme. De que no voy a estar colgado siempre en la misma pared. Pero es imposible no verme cuando aparezco entre la gente, cuando irrumpo en la habitación. Es imposible construir razonamientos serenos si nos tenemos en frente.

Es la condena de los que flotamos sobre un mar inestable: ahogarse es una realidad y también lo es morir de frío. Las tormentas son tristes y dan vértigo, pero no hay nada que iguale al sentimiento del salitre secando sobre una piel bañada por el sol de julio. 

Los extremos se tocan, será porque se sienten atraídos.