TODOS LOS MONSTRUOS #9

A veces adivino mentalmente la geografía del precipicio al que me estoy acercando. A veces huelo el abismo. Es un olor terrible. Huele a vacío, a azufre. Huele a sentencia. Es una verdad amarga que se cuela por la ranura de mi paciencia, que suelo tener mal cerrada, y se expande como una gota de tinta en un cubo de agua. Es entonces cuando sé que han vuelto. Aquí están de nuevo. Los mismos monstruos que me acariciaban el pelo, los hombros y los párpados en cada esquina que acostumbraba a doblar. Los presiento como quién siente que alguien le sigue por una calle angosta. Los presiento como quién sabe que alguien le está mirando. No hay una demostración empírica. No se representa mediante fórmulas científicas, pero se sabe. Sé que están ahí. Me molestan, me incomodan, y vuelvo a no saber dónde sentarme. Me encuentro, una vez más, pateando piedras por la acera mientras me desbordo calle abajo.

Nadie me responde al otro lado del espejo. Nadie apoya la mano sobre la mía cuando la busco en mi reflejo. A veces temo que seas un paso en falso. Un doble fondo. Un suelo que vence bajo mi pisada.

 

A veces temo que todo este castillo no sean más que un par de naipes apilados.

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Héctor.

 

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