El apocalipsis de la opinión

Hoy he tenido un sueño que representa de una manera paradójica y clara la realidad en la que vivimos.

La movida que he soñado es que una amiga mía, Clara, subía un storie desde el aeropuerto hablando del dolor de las pérdidas y subiendo fotos de su novio (como si lo hubiesen dejado). A mí me parecía raro que hiciese ese show vía redes sociales, grabándose llorando en el aeropuerto (algo que, realmente, ya hemos visto todos: gente que se graba llorando…) y diciendo que iba a luchar por él y por no perderle. El caso es que, preocupada, le preguntaba qué había pasado.
Aquí empieza lo bueno.

Clara me cuenta que su novio estaba en el aeropuerto cuando se topa con un revuelo de gente alrededor de una aparente intervención publicitaria en el lugar. Se trata de una ONG llamada “no sé qué Activa” y dicha intervención son los muñecos de 3 bebés amputados, desangrándose y hasta cuenta con la presencia de un bebé articulado que tiene espasmos agonizantes, todos ellos repartidos por diferentes puntos de la Terminal. La gente, por lo general, reacciona indignada ante tal salvajada. Sin embargo, hay unos pocos (entre ellos el novio de Clara) que se posicionan diciendo que la campaña no les parece mal porque sobra gente en el mundo y que si se morían niños no es tan grave porque total ya somos demasiados (un discurso sin escrúpulos, pero tampoco incoherente).

El caso es que la gran mayoría, indignada ante la campaña y alimentada por la “bondad agresiva” característica de los días que vivimos, comienza a agredir a la minoría que no se escandaliza con la campaña.

Hasta tal punto que, fruto de las agresiones, un individuo de esa minoría, muere.

Tras esa muerte y ese descontrol, el aeropuerto entra en caos. Y ante la peligrosidad y violencia de ambos bandos, los familiares de los que se encuentran en el aeropuerto comienzan a preocuparse, a posicionarse a favor del familiar y a desplazarse al aeropuerto para hacer más piña.

Las televisiones comienzan a hablar de dicha campaña y el caos que ha generado, y mi amiga Clara me insiste en que, si tan amiga suya soy, me desplace al aeropuerto a apoyarla. Yo, que aún no dispongo de la información suficiente, lo hago. Cuando llego al aeropuerto, soy por fin consciente del marrón en el que me acabo de meter.

Consciente de mi error, mi único objetivo ya no es Clara sino la salida. Y, cuando me encuentro con ella, lo primero que hago es abandonarla ante su indignación y frustración, y me voy deshaciendo en disculpas a buscar una salida (lo siento, Clara).

El aeropuerto está colapsado y, antes de que encuentre la salida, el aeropuerto se blinda de cara al exterior. Nadie más puede entrar y, por supuesto, nadie puede salir. La gente se empuja, se pega, se trata de matar. Mucha gente quiere escapar, pero el problema viene (una cómica representación del mundo en el que vivimos) cuando, si quieres salir del aeropuerto, debes posicionarte en un bando.

En la entrada hay un fulano que te tatúa según tu posición al respecto.

Un 1 es que estás en contra de la campaña, un 0 significa que estás favor, y un infinito es que no te posicionas. ¿El peligro? Que hay cientos de personas amontonadas a tu alrededor, e independientemente de dónde te posiciones, vendrá un bando u otro a acribillarte hasta la muerte. Si decides no posicionarte, vienen los dos.

El objetivo principal de cualquiera que esté en el aeropuerto es impedir tu salida para que luches o mueras. Lo gracioso es que yo pienso “Vaya, por lo menos mi madre no podrá reprocharme este tatuaje”.

Sin embargo, en vista de que tatuarme es sinónimo de morir apaleada, decido no hacerlo para buscar una salida y escaparme. Idea que, al poco rato, veo que no soy la única a la que se le ha ocurrido.

Me compincho con varios trabajadores del aeropuerto que, con poco éxito, me dicen “Sígueme, yo conozco una salida”, pero poco después descubrimos señales como las migas de pan de Pulgarcito que nos indican que alguien ya ha pasado por ahí y eso significa que están atrincherados los que se nos han adelantado, esperando a algún fugitivo para matarle.

El caso es que empiezo a ver cómo aviones amenazantes sobrevuelan el aeropuerto y comienzan a arrojar lo que parecen bombas, ante mi estupefacción. “Tengo que salir de aquí”, me digo a mí misma, pero parece demasiado tarde: gente corre de un lado a otro, las salidas se encuentran colapsadas por cientos de personas, las plantas del garaje se vienen abajo, los televisores del aeropuerto rezan titulares como “Guerra en el aeropuerto”, “¿El comienzo de la Tercera Guerra Mundial?” “El aeropuerto se ha convertido en ratonera”, y barbaridades así.

En la búsqueda desesperada por una salida, me compincho con varias personas que piensan como yo: “Sobran niños en el mundo pero tampoco quiero matarlos”. Se trata de un posicionarse, y no.
Nuestro objetivo es huir como huirían las ratas ante el diluvio universal. Fuera del aeropuerto se comienza a ver cómo la ciudad también entraba en caos: autopistas colapsadas, accidentes, peleas, asesinatos con hachas y todo tipo de utensilios comunes… Un festín de ira en nombre de la bondad.

Ya es demasiado tarde, si sales te encontrarás con lo mismo de lo que huyes. Es la guerra. La guerra en mi propia casa. Y sólo puedo pensar en mis padres y en mi gente. Ahora mi objetivo es reunirme y atrincherarme con ellos. Saber que están bien.

En una de éstas, de la nada, veo huir a mi padre del aeropuerto con un cochecito de golf, de estos de los aeropuertos. Mi padre no sabe que yo estoy ahí y veo cómo lo pierdo entre la gente, y no vuelvo a verle más en el resto del sueño.

Recuerdo meterme en las Redes Sociales y eran el mismo caos: amenazas de muerte, anuncios push que te insultan, encuestas de instagram obligatorias para que te posiciones, y locuras así.

No recuerdo muy bien cómo (típico de los sueños) pero la consulta de las Redes Sociales ya la hago desde un coche descapotable. He conseguido salir del aeropuerto, pero la muerte está todavía más cerca. Ya no tengo opción: luchar o morir. No recuerdo quién conduce, pero consigo hacerme con un hacha e ir degollando a quienes se acercan a nuestro coche. Recuerdo cortarme la piel de la mano pero no sangrar (¿tendrá algún significado onírico?).

El caso es que yo sigo matando gente como si no hubiese un mañana (que todo indica que, efectivamente, no lo va a haber), y nuestro coche se va abriendo paso entre el tráfico y el caos infinito de la ciudad. Todo está derruido. Todo el mundo lucha contra todo el mundo. Ya no hay opiniones, sólo pelea.
Y me he despertado. Éste ha sido mi sueño.

Mis sueños suelen ser guiones exactos de cosas que no se me ocurrirían despierta. Pero esto me ha parecido una hipérbole de la sociedad en la que vivimos hoy en día, y me apetecía contarlo. A veces pienso que no estamos tan lejos de tal locura, viviendo en un mundo donde posicionarse es obligatorio y donde “los buenos” suelen ser los que más acribillan tu existencia, paradójicamente.

En fin, no voy a reflexionar más, que colapso por dentro.