TODOS LOS MONSTRUOS #5

Cuando un fakir se tumba sobre su alcoba de clavos, conoce perfectamente el nombre y apellidos del diablo. Sabe a quién se dirige, y el idioma que le están hablando.

Yo llevo un tiempo andando sobre las brasas, descalzo, sin recordar a quién le di mis zapatos. Hace exactamente unos segundos que mi alma de cristal tocó el suelo y se resquebrajó en mil pedazos. Como la sonrisa que me dedicas cuando no la estás sintiendo.

Mis monstruos se reflejan en el techo de tu interior del mismo modo que lo hace una imagen externa dentro de una cámara oscura. Y al final no sé quién debería llevarse el reconocimiento: si tú, yo, mis monstruos o tu oscuridad.
Tal vez tu falta de empatía, o quizá tu alrededor forrado de espejos son los responsables de todos los interrogantes que se me acumulan en los bolsillos.

No creas que no me doy cuenta de tu abismo si, cada vez que te miro, me das vértigo. No intentes demostrar que te conmueve si, cada vez que me miras, tu cariño mira hacia otro lado.

Por culpa de este desierto estoy en bucle entre perdonarte y no entenderte. Entre ser intransigente o rendirme por completo. A mi derrota y mi victoria las separa una grieta oscura y profunda: Tú.

Y así, tengo la sensación de que ninguno de los dos tiene el valor suficiente para salir de este inframundo. Como si una calle oscura de Londres, en una noche de neblina, fuese la mejor metáfora para describir mi grieta. Y yo camino por ella, sin rumbo, sin pararme a mirar los detalles que me indican a qué altura del empedrado me encuentro.

Quizá porque siempre me gustó la niebla.
O porque siempre preferí pasear de noche.
Tal vez fue Londres.

Pero ninguna de mis aspiraciones me lleva a salir de ella. Es como si mi propio frío me diese abrigo. Prefiero soportar la exactitud científica de mi desgracia que buscar el equilibrio agotador de la esperanza.

 

Héctor.

James-Dean4

Me desquicias

Me desquicia no poder salir por la puerta de atrás,
quedarme encerrada en tu habitación.
Y que tú ya te hayas ido.

Tener que dejar de escuchar música porque suenas en cada canción.
Me desquicia no poder entrar en esa carpeta de fotografías de mi móvil porque cada imagen me cuenta tu historia.

Me desquicia que todos mis ríos aún desemboquen en ti y que todos mis caminos me lleven a tus ojos cuando preferiría que me llevasen a Roma.
Me desquicia conjugarte en mis verbos y que cualquier continente me lleve a tu contenido.
Me destroza hundirme en los brazos de otros y no encontrarte, porque no encontrarte desenmascara que te estaba buscando.
Me desquicia que me arranques más llantos que sonrisas y verte en todo lo que no tiene nada que ver contigo.
Me desquicia que aún me ganes, más por mi derrota que por tu victoria. Porque me gusta que ganes, siempre, pero no que me derrotes. Me desquicias, porque no te quiero conmigo y por eso me quiero menos sin ti.
Me desquicias porque aún te recuerdo y los días van sumando y el resultado es que cada vez tiene menos sentido recordarte. Y por eso me desquicio.
Así, aún con todas mis fuerzas, me desquicias porque mi sombra aún te anhela
y no tengo forma de despegarme de ella.