Testimonio de lo duro que es vivir solo en un país lejano

Siempre tengo una sonrisa en la cara y siempre digo que estoy bien. A veces necesito contarle a alguna amiga lo sola que me siento, pero la gran mayoría de veces lo gestiono conmigo misma.
La gente se piensa que vivo de maravilla y así es. Que hay gente con peores problemas en el mundo. Estoy completamente de acuerdo. Soy una persona muy afortunada. Pero la fortuna no viene sola. La verdadera fortuna, ésa, lleva mucho esfuerzo.

Me apetece escribir esto porque estoy sentada en una cafetería cavilando sobre cómo salir de Mexico para gestionar mi visado de trabajo. Llevo cinco días rompiéndome la cabeza y ahora simplemente he colapsado. Escribo como terapia, lo sabe todo el mundo.

Desde que me mudé a Mexico hace cuatro meses sólo he escrito una vez. Eso podría traducirse en que sólo me he puesto triste una vez. Pero la verdad es que no. No puedo decir que haya llorado cada semana, pero si lo dijera no estaría exagerando demasiado.

A veces me quedo sin dinero porque surgen gastos inesperados. No me he comprado ni una camiseta desde que estoy aquí, aunque a la vez reconozco que no me privo de comer y cenar fuera cuando me apetece. Pero a veces pasa que te deniegan la entrada a EEUU y en vez de gastarte 300€ en ir a tramitar tu visa, el valor asciende a 700. Y tienes que pedirle un pequeño préstamo a tu familia y encima parece que es porque no te sabes administrar. No me considero una persona ahorradora, eso lo reconozco, pero llevo cuatro meses en Mexico y solo he pedido dinero para dos gastos puntuales.
Llevar cuatro meses en Mexico no es sinónimo de andar de mochilera frecuentando lugares baratos. Es sinónimo de pagar un alquiler, una fianza, una bicicleta, materiales para la casa, comida, material de buceo, trámites de visado, y todos los gastos que conlleva empezar una vida solo. Es algo que no es sencillo y lo injusto es que lo parezca.

Veo a mis amigos y a mi familia de risas con los suyos, celebrando la Navidad y hasta San Valentín. Veo vídeos de mi hermano dándole besos a mi gato o a veces me pierdo en fotos del pasado. Veo a mis amigos cumpliendo sus sueños en su país y me parece precioso. Y yo, parece que me he venido al Caribe porque es el paraíso y porque me apetece la aventura, pero puedo asegurar que para cinco días en los que disfruto de la aventura, hay quince que lloro echando de menos la esquina de mi casa. Porque esta mudanza me ha enseñado muchas cosas, pero una por encima de todas: no soy tan independiente como me pensaba. Dependo de mi gente hasta un límite que jamás hubiera imaginado y no tengo ningún problema en reconocerlo. No pasa nada si a mis 25 años descubro que no soy más feliz estando sola, y no pasa nada si acepto que casi cada día preferiría estar tirada aburrida en el sofá de mi casa mirándome al espejo que pedaleando después del trabajo pensando en las horas sola en casa que me quedan por delante. Porque no es nada fácil tener que abrir WhatsApp revisando mis conversaciones para ver a quién puedo escribirle para ir a tomar una caña y ver que la lista se reduce a casi nadie. Y en España, claro, tengo a quién quiera a golpe de llamada. Las opciones, entre familia y amigos, no terminan nunca.
Por supuesto que tengo amigos aquí, pero uno ya sabe que no es lo mismo mirar a alguien de toda la vida y que no haga falta hablar más que tener que explicarle a alguien mi mirada. Solo por eso, la mayoría de las veces prefiero quedarme sola en casa, aunque me duela un montón.
También pienso en mis hermanos pequeños, África y Pablo, y en todos los consejos que me gustaría estar dándoles. Siento que me estoy perdiendo su adolescencia, que tampoco es una etapa fácil. También siento que mi abuela paterna se está yendo y seguramente tenga que quedarme sin haberme despedido, aunque ya lo hiciera un poco mentalmente la última vez que me agarraba la mano junto a mi hermana Emi. U oír la voz de mi abuela materna, la nona, y pensar en todo el tiempo de calidad con ella que me estoy perdiendo. O que mis amigos me necesiten. O ver a niños en los resorts en los que trabajo, jugando en la playa con sus padres, y recordar cómo se me paraba el tiempo a mí cuando yo jugaba con mi padre Fran en un resort de Punta Cana, hace ahora 20 años. Oler la colonia de mi padre Manolo cada dos por tres, como si estuviera de moda aquí en Mexico. Incluso enviar audios a alguien y oír la voz de mi madre en lugar de la mía. Todo eso me pasa, y son tantas cosas, que son cada día. Por eso, sí, el paraíso, mi trabajo de ensueño, mi vida en la playa, pero también esto.

Sin embargo, todo en esta vida tiene un precio. Todo. Y éste es el que estoy pagando por labrar mi futuro en un gremio en el que siempre he soñado estar. Y lloro de felicidad por que mi trabajo sea la fotografía y mi oficina sea el mar. Por tener a gente que ya me quiere en solo cuatro meses, y que ya han hecho por mí más de lo que mucha gente que conozco de siempre. Gente que me ha abrazado en el trabajo mientras lloraba porque pensaba que mi abuela se iba. Gente que me ha facilitado la vida hasta límites insospechados haciendo más fácil este embrollo de emigrar.

La gente se piensa que por vivir en una isla puedo hacer el trabajo que estoy haciendo aquí, pero de momento mi experiencia no me lo permite. No soy una reputada fotógrafa que pueda permitirse el lujo de vivir todo el año de seis o siete trabajos como fotógrafa. Soy una simple fotógrafa amateur que vive por y para el turismo y saca fotos a turistas. Y eso en Mallorca no puedo hacerlo porque en Mallorca solo se bucea cuatro meses al año y eso no me da de comer un año entero (mientras no sea una reputada fotógrafa, claro, que juro que algún día lo seré).

Pero mientras tanto me toca labrar mi reputación en un lugar que me permita evolucionar laboralmente durante todo el año, día a día, mes a mes. Y, que a su vez, me dé de comer. Por eso la elección no es 100% caprichosa, y eso también me gustaría aclararlo.

Porque no es nada fácil todo esto, y a veces me gusta recordármelo para darme un pequeño empujón los días que se me saltan las lágrimas porque todos los problemas se vuelven un poco más difíciles si no puedo ir al centro de Palma a recibir siete abrazos de siete personas distintas. Y solo me queda abrazarme un poco a mí misma.
Pero lo más fuerte es que nunca he sido tan feliz, porque la felicidad no reside en la facilidad de tu alrededor, sino en ser consciente de que nunca antes habías estado tan casado contigo mismo, y es la única relación que me durará toda la vida.
Feliz San Valentín.