sin remitente

Esta carta llega sin remitente.

Así que no te espero. Ahora ya como siempre. Ni me contestes.

En una realidad pararela te estoy queriendo tanto que no alcanzo a entender por qué ahora no.

No alcanzo. No comprendo. Pero yo no juego si el juego no lo entiendo.

Espero que lo entiendas.

Aunque ya sé que no

porque no vives dentro de mí.
Aunque quisieras.

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A veces sospecho que ‘mi verdadero yo’ sólo se manifiesta cuando estoy viajando.

Es como si no perteneciese a ningún lugar en concreto sino a una acción: el desplazamiento.

El movimiento.

Mucha lógica tiene que uno aprenda más viajando que en el portal de su casa. Pero lo que yo siento es distinto. No se trata de un “viajar me enriquece”, que es más que obvio. Se trata de un “viajar me ubica”. 

A muchas personas viajar les descoloca. Sienten que son unidades en desplazamiento efímero que en algún momento llegarán a su casa. Me pasa lo contrario: Estar en casa es algo pasajero, un paso, un momento. Viajar, sin embargo, es volver a casa.

Y así las cajas con mis cosas nunca están deshechas del todo y cada vez el concepto “mis cosas” se vuelve más estrecho. 

Mi baño es un neceser, encuentro acogedora una mochila y me identifico más con mi pasaporte que con mi DNI.

Y así cómo pretende uno definirse, si su identidad está en suelos que todavía no ha pisado.