algo tenía que hacer mal

¿Cuánto tiempo se supone que uno tiene que aguantar amargado?, me pregunté una mañana cualquiera de jueves mientras me encajaba la chaqueta en los hombros.

Anoche fui con unos amigos a tomar un par de cervezas, en pos de salir de casa y que me diera el aire después de un día de mierda que, por cierto, últimamente tienden a repetirse.

Me levanté con esa pregunta porque uno de mis amigos, tras mi discurso amargo respecto a la oficina, me dijo “¿Estás harta ya?, ¿pero cuánto tiempo llevas, alma de cántaro?”. Por suerte, aluciné con esa pregunta. Y digo por suerte porque mi amigo hizo una pregunta absolutamente normal. Pero, lamentablemente, no debería serlo. ¿Por qué es normal decir “No puedes estar amargado ya, si llevas ocho meses”? ¿…y cuánto tiempo se supone que debo aguantar para tener derecho a afirmar con la boca grande que soy infeliz ahí? ¿Un año?, ¿dos?, ¿quince?

¿Cuántas mañanas más tengo que levantarme pensando qué podría hacer para no tener que entrar en una oficina?

Pero por muchas preguntas que me haga, siempre encuentro la misma respuesta: “La gente lo hace”. La gente – lo hace. La determinante definido gente sustantivo lo complemento directo y hace verbo y núcleo del predicado.

Y esta sencilla frase de cuatro palabras abarca todo tipo de pecados.

Entre ellos, el que la gente se tome el lujo de permitir que los años pasen de largo mientras les hace una reverencia quitándose el sombrero. Adiós, muy buenas, que pasen una linda tarde. La diferencia es que de esos años te despides para siempre. Y la gente se despide tan tranquila y llanamente. Como si nada. Como si tal cosa.

Mira yo me considero un ser humano más o menos respetable. Intento reciclar, cuido de los animales, llamo a mi abuela menos de lo que debería pero soy muy cariñosa cuando estoy con ella, nunca me he escapado de casa y no he engañado a mis padres con ninguna asiduidad. No tomo drogas y bebo menos que nunca. Ni siquiera fumo. Ni lo he hecho. Y a estas alturas dudo que lo haga. Voy sobreviviendo mes a mes, digo por favor y gracias, cedo el sitio a la gente mayor y hasta a veces soy altruísta. Nunca le he faltado el respeto a mis familiares y me considero una hija más o menos decente. Pero lo siento, no puedo trabajar en una oficina.

Y parece que, por ello, soy el mismísimo Satanás.

Como si querer complicarme la vida fuese su problema. Como si mi vida fuese del resto. Como si un trabajo estable fuese más valioso que irme a dormir contenta cada día. Maldita sea.

Tengo toda la rebelión del mundo porque no tengo ni veinticinco años y a esta edad todos queremos romper con lo que nos imponen. Que sí. Y también tengo montones de amigos de mi edad, y más jóvenes, que ya están amargados y no piensan hacer nada al respecto. Y tantos amigos mayores que llevan años amargados y así van a continuar. Quizá la edad no nos enlaza tanto como muchos piensan.

Yo prometo que si tuviera varias vidas me pasaba una de ellas metida dentro de una oficina y sin quejarme. Pero sólo tengo una y no pienso desperdiciarla entre cuatro paredes cinco días a la semana ocho horas al día cincuenta años de mi vida para escaparme un mes al año. Me parece sorprendentemente ridículo hacerlo, ojo, para el que no quiere hacerlo. El que se siente a gusto que lo disfrute y hasta le envidio porque todo parece más fácil. Pero yo prefiero romperme la cabeza pensando cómo tiro mi vida hacia adelante que romperme la cabeza pensando en cómo escapar de ella.

Seguramente me equivoque y mi inconformismo no sea más que un defecto, una lacra. Seguramente me arriesgue constantemente y seguramente no sea muy inteligente mi decisión de preferir ser un indio que un importante abogado.

Pero oye,

no fumo,

no bebo,

no me drogo.

Algo tenía que hacer mal

para sentirme orgullosamente bien.

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