Las floristerías van a desaparecer porque los hombres ya no compran flores y las mujeres van diciendo por la calle que no las quieren. 

Las llamadas de voz van a terminar porque la gente, sencillamente, ya no llama.

Los kioskos dejarán de existir porque ya no se venden ni los cromos, que era lo único que nos daba un poco de esperanza.

Las cabinas telefónicas acabarán siendo arrancadas de cuajo porque Superman ya no se cambia para salvar a nadie.

Los locutorios están en peligro de extinción porque a Sudamérica ya no se llama, se va.

Y los cibercafés, como los videoclubs, van a ser irremediablemente reemplazados por tu ordenador.

Y así cómo mantiene uno la esperanza en las personas

si ya no se valoran los detalles,

ni se tiene el coraje de marcar un número,

ni nadie desempaqueta cromos,

ni Superman se desnuda,

mientras Sudamérica se vuelve mainstream

y el cibercafé y el videoclub echan la reja

porque ya nadie calcula el internet que le queda o los días que faltan para devolver la película.

Todos los monstruos

Como bien decía Kavafis en Ítaca, uno solo ve los monstruos si los lleva dentro.

Es una verdad tan grande como todos y cada uno de los monstruos que habitan en mí. Por eso yo los veo en todas partes.
Y me acarician los párpados, el pelo y los hombros en cada esquina que doblo.

Me llamo Héctor Buñuel y os diría cuántos años llevo respirando o a qué dedico mi minúscula existencia. Sin embargo creo que no tiene importancia. Estoy viviendo un presente tan intenso y tormentoso que hablar de mi pasado sería un despropósito.

 

Soy Héctor Buñuel y estoy viviendo los días más desconcertantes de mi vida.

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mutis por el foro

– ¿Por qué todos los escritores son tan solitarios?
– No sé qué responderte. Realmente no sé si pensar que todos los escritores son solitarios o es la soledad la que empuja a escribir.
(La verdad sobre el caso Harry Quebert)

Cuando te tienes que deshacer de un ideal es como tener que deshacerte de una parte de tu orgullo.

Yo no me enamoré de una calle, ni del portal de una oficina, ni siquiera me enamoré de una persona. Yo me enamoré de la idea de vivir, trabajar y enamorarme en Palma. De eso me enamoré. De la idea. Me meta-enamoré. Aunque luego nada de eso se materializase.

Nada se materializó porque no le di tiempo ni oportunidad. Porque empecé a aplaudir cuando los focos seguían deslumbrando.
Y me levanté y me fui justo antes,
ese instante antes
de que los actores salgan a hacer su reverencia.

Y luego me quedé a las puertas del teatro, con la mirada fija en una grieta de la calle, pensando que quizá fui un poco desconsiderada. Pero me marché calle abajo cuando empecé a oír el murmuro de la gente saliendo del recinto, riendo y admirando ese final épico que yo me perdí.

Y mientras andaba callejeando y pensando en cada paso que voy dejando atrás, me abordó la siguiente idea.

Yo no fui desconsiderada porque en el fondo ya sabía que la obra no me iba a gustar. Es más, fui altamente considerada porque me marché antes de odiarla. Y uno de sobra sabe que el desconocimiento y la incertidumbre enamoran mucho más que la vana realidad. Por eso preferí marcharme antes, para marcharme enamorada. Cada vez me asalta más ese fantasma que me enamora de lo que justo se está rompiendo. Como vivir con la sensación de que uno llega a destiempo, a todo y a todos. Llego a destiempo a los lugares y a las personas. Y por eso me marcho. Quizá llegará el día en que sienta que llegué justo cuando debía, y entonces en lugar de marcharme quizá construya una casa de ladrillo y no de paja.

Eso es un poco todo. Mi aquí y ahora. Otra vez. Hasta ahora vivía en la calle Santa Clara. Ahora vivo -de nuevo- arriba en los andamios.
Resulta que siempre encuentro el cuaderno de escribir debajo de mi mochila de viaje.