y yo qué sé

Y entonces ocurre.
Entonces vuelve a ocurrir.

Llega un martes cualquiera y se cuela entre las rendijas de las persianas. Y te descubres a ti mismo, en mitad del salón y con los brazos en jarra, aceptando tu derrota con la mirada puesta en ninguna parte.

Llega a tu vida una derrota más, una derrota cualquiera. Una derrota en forma de dimisión, de aceptar que tus planes no eran los acertados. Una derrota en forma de retirada. Cuando con flojera y con un nudo en la garganta recoges el campamento que montaste un día, pensando que generaría telarañas en las esquinas.

Pero no. Llevas escrito la palabra nómada en la frente y tienes que aprender a aceptar que lo definitivo no es más que una utopía. Que desvalijarse es desnudarse una vez más ofreciendo tu cuerpo y tu energía a la nada. Como quién se deja hundir despacio en un agua un poco fría, y el cuerpo se deshace de los últimos despojos cálidos por cada poro.

Desnuda y un poco en frío. Así estoy, atando unos zapatos que por dentro siguen mojados porque ni siquiera tuvieron tiempo de secar desde el último aguacero.

Porque, como dice el gran Dolina, vivimos renunciando. Y la aceptación de cualquier cosa trae intrínseca una renuncia e incluso varias (escoger ese caramelo es negarse a todos los demás).

Y así vivo yo. Renunciando a todo lo asentado para aceptar el qué sé yo.

Para demostrarme a mí misma que no tener ni idea es infinitamente mejor que vivir anclada a un NO.

extractos de mi libreta

Hay días -reconozco que menos de los que debería- en los que aparco el móvil durante una hora entera.
Una hora de mi tiempo libre.
Y me dedico a observar. Miro a la gente que pasa por delante, y hasta les sonrío. A veces me devuelven la sonrisa.
Observo qué ropa llevan, o juego a adivinar su apariencia sólo echando un vistazo a sus zapatos.
Luego levanto la vista para ver si he acertado.

Me gusta mirar los balcones y envidiar a la señora que tiende la ropa mientras yo me tomo un respiro en mi día de oficina. Me gusta la calle Carmen porque es tranquila pero incesante.

Respiro el ambiente castizo del restaurante El Gallego mientras sorbo un café y voy escribiendo estas líneas. Me gusta olvidarme del móvil para acordarme de esa mujer que fuma un cigarro fuera de su local. Quizá la Ley Antitabaco ha sido el gesto más a favor de la sociabilidad que hemos tenido últimamente.

Me gusta observar a las personas porque juego a adivinar sus vidas mientras me olvido un poco de la mía. Me entretiene pensar en qué andarán pensando mientras les aguanto la mirada hasta que la apartan y vuelven a mirarme unos pasos después.

Me parece bonito conocer a estos desconocidos durante un instante, y saber de ellos cómo caminan, con qué mano sujetan el móvil o qué marca de gafas escogieron algún día. Conocerles ese poquito más que si no hubiera levantado la vista de mi pantalla y hubieran pasado invisibles en frente de mí.

Luego siguen andando y los olvido para siempre.

La calle está llena de personas interesantes, y uno nunca sabe cuánto puede inspirarle aquél muchacho que ya se pierde por la esquina.