enllamas

por fin he vuelto a entrar
en esa habitación que tuve tan fría;
y he soplado el polvo,
abierto las persianas
he dejado que corra el aire, y
al encender las velas
y hogueras
me ha vuelto a arder la piel
en esta maravillosa y desenfrenada sensación
-siempre vertical-
de sentirse vivo
y notar cómo todo
cuanto me rodea
vuelve a lamerme la piel

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exijo buen sexo

Que me discuta quién quiera. Aquí le espero, con las piernas cruzadas, el codo apoyado sobre la rodilla superpuesta y la barbilla en los nudillos.

Pero, sin eso, falla todo lo demás.
Falla la confianza, falla la camaradería, la comodidad, fallan los cimientos y el cemento. Las vigas, el techo, las columnas. Tiemblan el suelo, la cristalería, y las bisagras chirrían.

El sexo (el bueno, insisto) es el portón principal, y su carencia es salir por la puerta de atrás. Hay quién no lo entiende, quién no lo respeta como la premisa que es. Hay quién se conforma con lo básico, auto-convenciéndose de que hay cosas más importantes.
Quizá, analizando racionalmente, haya cosas más importantes -no voy a decir que no-, pero desde luego ninguna de ellas es más visceral que cumplir con el buen sexo. Y las vísceras, si no contentas, rugen. Y si vacías, duelen.
A las vísceras hay que cuidarlas, a lo visceral hay que atenderlo.
Que para pensar tenemos todo el tiempo del mundo; para no pensar tenemos tan sólo segundos. Que se escapan, que se pierden, que no se recuperan. Y jactarse de esos segundos de gloria efímera nos brindan un premio que empieza reventando el pecho y termina allanando el encefalograma. Y así se perpetra el allanamiento de morada: de la mía, de la tuya y de la que nos separa.

Tú y yo en yuxtaposición. Nada de nosotros. Paso de nosotros. Y yo, como conjunción copulativa. Como el noble arte de la lengua y del análisis morfológico de nuestros cuerpos.

Y que me traiga el cielo el resto.