Jugando a olvidarnos del tiempo

Hay días en los que tendría mil motivos para escribir y no escribo nada.

Y hay otros días, como hoy, en los que gracias a una foto se me ocurre un texto. Sin más. Se me ocurre un tema de conversación.

Supongo que se me han juntado sensaciones y pensamientos aleatorios provenientes del viaje que acabo de vivir o del reencuentro con los míos en mi tierra, y me ha salido algo así….

Yo no sé vosotros, pero a mí siempre me ha gustado demasiado jugar.

Jugar. Jugar a todo. Jugar con todos. Me gusta jugar a adivinar qué te acaba de pasar por la cabeza, o cuál fue el motivo raíz de la conversación tan dispar que estamos teniendo ahora.

Me gusta jugar a contarnos los sueños: los que tenemos estando dormidos y sobre todo los que tenemos estando despiertos. Respecto a los primeros, me gusta jugar a tratar de encontrarles un significado oculto y misterioso. Respecto a los segundos, me gusta jugar a planear cómo alcanzarlos: narrar historias imaginarias, supuestos, especulaciones… Todo lo que sea necesario para alcanzarlos. Cuanto más imaginemos, más ideas brillantes nos acercarán a ellos.

Me gusta jugar a ver quién aguanta más tiempo sin reírse, o a ver quién aguanta más tiempo sin decir ni hacer nada cuando explota el deseo por en medio y estamos frente a frente.

Me gusta jugar, de siempre.

De pequeña se reían de mí porque a los 11 años seguía jugando con juguetes cuando lo normal ya era sentarse a hablar o a bailar frente a un radiocassette. Nunca me gustó bailar, y supongo que empecé a sentarme a hablar cuando ya había cosas más interesantes que contar que la aparición de Aaron Carter en Lizzie McGuire. Quise aprovechar el jugar con muñecos mientras me fuera posible, hasta llevarlo al límite. No me parece una mala filosofía, quizá fue ahí cuando me enseñé a disfrutar de las cosas mientras se pueda. Luego ya, en Primero de la E.S.O., la cosa iba a ser muy distinta…

Al final resulta que nunca dejé de jugar, que se reían de mí por seguir jugando y hoy me río yo porque lo sigo haciendo. 

Me rodeé en la adolescencia de personas que tampoco quisieron dejar de jugar, porque el ridículo motivo del paso del tiempo no les parecía excusa suficiente, y nos echamos a jugar a la calle. A patinar, a inventar el fútbol con patines, a pintar paredes y creernos el diablo, a recrear bodas reales cámara en mano y llenar la calle entera de bugambilia, a llevarnos el radiocassette a la calle y jugar a tener una banda, a aprender a jugar al póker y a montar cabañas en mitad de los bosques. Y cuando crecimos, seguimos jugando a caminar por la montaña e inventar historias, y volver a la calle y que nos cayera la noche encima para coger las cámaras reflex y pasarnos horas enteras jugando con la velocidad de obturación, y que nos salvaran del hambre y la sed las gasolineras 24h.

Y así pasan los años y ayer fue una de esas noches en las que continuamos jugando. Sintiéndonos vivos.

En las que nos damos cuenta de que el mejor remedio contra el paso del tiempo
es perder la noción del mismo.

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Mientras tanto, yo…

Juré callarme para siempre.

Yo, que odio reprimirme el pecho.

Que detesto callar lo que siento, que me repugna fingir lo que no tengo dentro.

Yo, cumplo la condena de llevar callando un año, y de jurar silencio eterno.

Porque contigo aprendí que la derrota existe,

que el dolor puede ser para siempre,

que ni todas mis palabras te convencerían.

Yo, que me equivoqué y, por hablar de más, ahora me corresponde guardar silencio.

Y vivir con la tortura de dudar

aún sabiendo con certeza lo que siento,

de querer decírtelo todo

aún sabiendo que perdería el tiempo.

Aceptando que todo el mundo sabe a quién escribo esto,

menos tú.

Que quizá ni lo imaginas, quizá ni lo sospechas…

Porque llevo aparentando, fingiendo y sangrando

desde que decidí acallar lo que aún me grita

y me revienta dentro del pecho.

Y tú, pues continúa con tu vida,

con tus planes,

con tus ilusiones

-que me mantienen tan lejos-

mientras yo me tambaleo entre lo más honrado

o lo más cobarde

que nunca he hecho.