Arriba en los andamios

A veces releo mis escritos y me doy cuenta de que todos tienen cierto halo melancólico y triste. Lo cierto es que suenan bastante más tristes de cómo realmente me siento.

Estoy en un momento raro de mi vida. Llevo así más de un mes. Y más de tres… Seguramente más de catorce. Y, claro, llevar más de un año vagabundeando por las esquinas de mi alma a veces me pone un poco triste. Porque vivo dentro de mí pero como si estuviera de alquiler. Que la casa que habito tiene días que está en ruinas y otros días que está en obras. Y vivo permanentemente con la sensación de no poder deshacer mis cajas. De “no quedarme aquí”.
Es una sensación agridulce porque, después, por otro lado, el cosquilleo en las entrañas es algo frecuente y tontear con lo desconocido parece atractivamente eterno.
La adrenalina es constante y sigo sintiendo mariposas en el estómago quizá porque estoy enamorada del ” qué sé yo”, de la magia de planear rutas más por el camino que por el destino.

Está claro que las historias que me suceden mientras ocurre todo esto tienden a tener fecha de caducidad, pero por lo menos siempre tengo cosas que contar, alguien a quién llamar lamentándome por algo en concreto para acabar a carcajadas por todo en general. Y, claro, este vaivén constante me hace parecer insegura, pero es que en realidad me basta con tener claro que estoy aquí para romper cadenas y unir lazos. “Que el sol saldrá y se pondrá y el resto está por decidir”.

En fin, es raro. Quizá solo escribo líneas para desahogarme y uso el cuaderno como espejo de mi mente para observarme un rato, para ver qué cambio. Escribo pensamientos en la hoja como quién tira todas las piezas del puzzle en el suelo para empezar a encajarlas luego.
Quizá la historia de no poder deshacer mis cajas me pesa más a menudo de lo que desearía, pero a la vez veo que estoy construyendo los cimientos de la casa de mis sueños, y la obra me cansa tanto como tanto me gusta el olor a nuevo o el eco que sucede cuando hablas en una estancia vacía. Esa emoción, esa presión en el pecho.

Las casas decentes y completas tardan mucho tiempo en construirse.
Yo soy esa casa en obras. Así como también soy el futuro inquilino que de día llora de la emoción por la prometedora mudanza y de noche llora desconcertado por dormir mientras tanto en una habitación vacía.