Llega un momento en el que no llega el momento

Llega un momento en el que viajas tanto, en el que pasas tanto tiempo fuera de casa, que llega a parecer que te vas de viaje a casa, de visita, para seguir viajando luego.

Llega un momento en el que todo va al revés, que el jetlag lo tienes al irte, no al llegar, que la rutina es la improvisación, y que el horario se ciñe a los instintos, no a las agujas.

Llega un momento en el que nada cuadra, donde las cosas que tienen sentido carecen de sentido. Donde el desorden es normal y la ansiedad un estado de ánimo más, lo desconcertante te mantiene atento y lo establecido por ley parece un disparate.
Llega un momento en el que parece que nunca va a llegar el momento. Cuando todo es trámite, pasillo, camino, aves de paso. Llega un momento en el que el Hola tontea con el Adiós y donde todos los visados tienen fecha de caducidad nada más que por eso, por ser visados.

Llega un momento en el que el río solo es cauce y no desemboca en ningún lado. Donde el agua solo fluye por el terreno mientras lo acaricia y dibuja formas a su paso.

Y ahí en medio, en ese preciso instante donde todo termina cuando recién empieza, ahí estoy yo.
Fluyendo, mientras espero que llegue el momento.

El Día de la Hispanidad nos pone nerviosos

No me gusta opinar sobre cosas que desconozco, pero sí hablar de las cosas que siento.
Y la verdad es que me inquieta bastante ver discusiones acaloradas entre gente que admiro a partes iguales. Observar sus puntos de vista tan dispares y pensar: ¿cómo es posible que yo quiera lo mismo a dos personas tan diferentes?
Creo que, tras pensar un rato, tengo la respuesta: aparcar el odio, aunque sea para meditar un rato.
Mira, yo no sé si tendrá mucho que ver el Holocausto Judío con el Día de la Hispanidad. El caso es que yo he pasado el Día de la Hispanidad visitando la Topografía de los Horrores y el Museo de los Judíos en Berlín. Y mientras se me humedecían los ojos leyendo las historias, me he preguntado: ¿por qué tanto odio?, ¿por qué tanta intolerancia?, ¿por qué cerrarse en banda? Las personas se tiran de los pelos por discutir si blanco o negro y creo que el más estúpido no es el blanco o el negro, el más estúpido es el que no ve el gris. El que no ve el balance, el que no ve el término medio.
Estoy tan de acuerdo con el hecho de pensar que el día de hoy se celebra demasiado por todo lo alto como con el hecho de defender nuestra tierra.
No hay una nación perfecta, ni una raza perfecta. Amigos, todo va más allá.
Si los noruegos son tan perfectos seguramente sea porque no tienen terracitas en las calles donde tomarse unas cañas al sol. Estados Unidos te facilita la vida en sus tierras pero aniquila cientos de civiles en las de otros. En muchos países nórdicos los políticos culpables dimiten a los tres días pero no sé si los ciudadanos escandinavos hubiesen saturado sus hospitales para donar sangre a las víctimas como las del tren de Santiago. Seguramente en Francia haya muchos menos coches oficiales, pero no hay más donantes de órganos. En Camerún apenas hay agua potable, pero seguramente haya más niños felices que aquí. Y así podría tirarme toda la noche si mientras tanto nos tomamos unas cañas.
España indudablemente NO es perfecta, y tiene incontables fallos. Ahora, el resto de naciones también. Así como puedo decir que hay naciones con aspectos increíbles, como también la nuestra.
No sé, desde mi humilde opinión y conocimiento, invito a cualquiera a mencionarme la nación perfecta, que en menos de 10 minutos le doy un listado de flaquezas.
He tenido que vivir en el extranjero para pensar así. Para aprender que nada es bueno del todo ni nada es malo del todo.
Que uno u otro se sentirá más de acuerdo con los aspectos de otra nación, me parece estupendo, pero creo que eso nunca es justificante para faltar el respeto a nada ni nadie que se sienta orgulloso de lo suyo.
El odio es inútil, así como no lo es la discordancia, pues ésta nos empuja a explorar y conocer. Yo era muy discordante, y me lancé a explorar. Y conocí, y seguiré conociendo… Anda que no me queda ná, pero me fui pensando que mi país no era perfecto y volví sabiendo que los demás tampoco.
Y no pasa nada.
Me fui pensando en las cosas increíbles del extranjero y volví añorando las cosas increíbles del mío: su gente, su risa, su clima, sus costumbres, su camaraderío. Los tópicos de todas y cada una de sus comunidades autónomas y los secretos de sus habitantes. Tengo, por lo menos, un amigo o familiar de cada comunidad autónoma, y todos son igual de increíbles.
No sé, ojalá tuviera un país con la costa de Formentera, las montañas de Isla Reunión, la cocina italiana, la medicina española, el clima mediterráneo, el fondo marino egipcio, el idioma español, las oportunidades de trabajo noruegas, con auroras boreales en invierno y tormentas tropicales en verano, con las caras y los cuerpos brasileños, la filosofía argentina, la música de Nueva Orleans y la poca corrupción sueca. Pero eso, amigos… Es imposible.
Lo que sí es posible es amar lo que se tiene, agradecer el hecho de ir a dormir cada noche sabiendo que lo más seguro es que despertemos mañana, y acordarnos de criticar con perspectiva, no sentado en el sofá de casa sin haber vivido al menos unos meses en el extranjero. Que haya mucha mierda en España no significa que España lo sea, vamos a ver.
Hay que tener raíces para tener identidad. Hay que tener alas para tener conocimiento. Mirad dentro de vosotros, estoy segura de que no seríais la mitad de lo que sois si no hubierais nacido en vuestra casa. Renegar de ella es renegar de una gran parte de nosotros mismos.
Son incontables las injusticias en nuestra tierra y nuestro deber es tratar de erradicarlas, como quién trata de luchar contra sus propios defectos o incluso los de otros.
Yo no soy perfecta, mis amigos no son perfectos y mi familia no es perfecta. Vosotros no sois perfectos, vuestros amigos tampoco y vuestra familia tampoco. ¿Cómo esperáis que vuestro país sí lo sea? Al menos ya tenemos todos, patria incluida, algo en común: la imperfección. Y creo que de eso se trata: de amar y odiar a partes iguales, pues el amor nos dará raíces y el odio perspectiva.
Pero nunca, nunca, se debe escupir a la mano que te da de comer. Nunca se debe menospreciar al diferente, nunca se debe faltar el respeto, pues éste último va por encima de naciones, fronteras, razas, banderas e ideas.

Confiad en mí, confío en vosotros

Bellos lectores de mi blog, ayer utilicé mi última entrada para presentar mi candidatura al concurso Destino Sudamérica. 

Un concurso que, en caso de ganarlo, me llevaría tres meses a recorrer Sudamérica y documentar mi aventura. 

Un voto no es nada. Un voto detrás de otro es un camino. Si aportáis vuestro paso os lo agradecería muchísimo. Signfica todo para mí. 

Viajar, escribir. Qué más. 

Pincha aquí y después a Votar. Y no seréis conscientes de la ayuda… ¡MILGRACIAS!

Eterna condena

Algunas personas nacemos con un incómodo problema.

O quizá nos lo inculcan. Quién sabe. No sé en qué momento me interiorizaron esta extraña condición, el caso es que no sé si blasfemar o dar las gracias.

Este problema no tiene un nombre específico ni una solución en concreto. Pero se trata de esa extraña manía de encontrar la felicidad en lo pasajero, en lo cambiante, en lo inseguro. Y no me refiero al odioso y malgastado carpe diem, sino a encontrar la emoción en el miedo, el romanticismo en la soledad y el hogar en el viaje. En amar la trama más que el desenlace, como dice Drexler. 

Lo que es intolerable es que la melancolía me alimente y el presente me dé hambre. Es intolerable que me llene más coger un autobús en mitad de la noche, en soledad y en un país desconocido, que los últimos planes con conocidos. 

Cómo es posible, me pregunto, que añore mi casa en el extranjero y añore el extranjero cuando estoy en mi casa. Que siempre es más atractivo lo que está al otro lado, lo que no tengo en las manos, lo que viaja en el otro vagón. Supongo que algún día esta condena me será levantada. Que se me pasará. Que dejaré de ser feliz durante el viaje para serlo cuando llego al destino, y no al revés. Que dejaré de esbozar una sonrisa cada vez que miro a alguien a quien no debería mirar… porque si no es conveniente, está prohibido o no procede, es para mí.

Porque sigo andando del revés y se me sube la sangre a la flaqueza y me flaquea la cabeza. 

Y eso hace que me alegre cuando empieza a llover y me desilusione cuando sale el sol. Y encontrar el placer en el sufrimiento y que estar triste me haga poeta y ser poeta me haga controlar la situación, que son mis palabras. Y controlar mis palabras me da tranquilidad y por eso confundo la tranquilidad con la tristeza, aunque poco se parezcan. 

Yo supongo que todo esto se desvanecerá con el paso y peso de los años, aunque me desconcierta conocer a personas como yo que me doblan la edad y personas de mi edad que nada tienen que ver conmigo; que están en paz cuando están en casa, cuando cruzan siempre por el mismo paso de cebra. 

Estoy cumpliendo la condena de amar el desorden, de encontrar acogedora una mochila, de confundir DNI con tarjeta de embarque; de viajar del ‘jamás’ al ‘qué sé yo’, como dice Páez. De siempre estar soñando: en invierno con el sol, con las nubes en verano, como dice Fito. De amar lo que perdí y querer lo que envenena, como dice Leiva…  Y así nunca nos salen las cuentas, claro.

No me salen las cuentas.

Menos mal que en días empiezo a coger aviones durante tres meses para encontrar un poco la calma y reorganizar mi vida. 

Cómo será eso posible, digo, que desarraigarme me dé raíces y no volar me haga crecer las alas. 

Parece mentira eso de funcionar como un reloj de arena: la eternidad es mía sólo si me doy la vuelta.