Lo que me atrevo a afirmar del amor

En cuanto al amor, todos alardeamos de saber mucho de él cuando lo analizamos entre birras. Sin embargo, entre líneas, nos gusta dar a entender que no sabemos nada. Supongo que porque queda bien, porque queda humilde. Yo creo que todos sabemos de amor, que somos realmente expertos, pero que no tenemos ni puta idea de aplicar nuestro conocimiento.

Conocemos a la perfección las fórmulas, pero nos equivocamos sumando y nos morimos de miedo cuando hay que restar. Tenemos unos cuantos ejemplos a los que aplicamos las fórmulas en el pasado, pero cada ejemplo es distinto. Como cuando en clase resolvíamos los problemas casi por inercia y el día del examen decíamos ¿pero qué coño?. 

Cada planteamiento es distinto. Y el problema no sólo es uno, sino veinte, cada uno con su posible solución. Dejamos de preguntarnos cuántas manzanas compró Juanito para pasar a preguntarnos por qué Juanito compró esas manzanas y no otras. Quizá el amor sea el peor problema jamás planteado. Quizá nunca encontremos una solución y por eso es el problema definitivo.  Un dilema infinito.

Y digo “amor” porque es una palabra corta y rápida con la que abarco ilusiones, esperanzas, flirteos, miles de abanicos de posibilidades, juegos de cartas, de azar, de manos y de miradas. En definitiva, todo lo que no es amor. Lo que viene antes del amor, en realidad. Porque el amor verdadero es sacrificio más que ilusión. La ilusión es algo de a pie y sencillo, lo duro es sacrificarse.

Lo que sé del amor lo llevo aprendiendo desde que nací, supongo que desde que mi madre me cogió en brazos por primera vez. Pero hoy hablaré del que viene luego. De ése que toca la puerta y te dice: Vengo para que pierdas todos tus principios por una persona.

¿Perder mis principios por una persona? ¿Qué sinsentido es ése? Ahí lo tienes: Empieza un sinsentido detrás de otro y, cuando ocurren, parece que todo vuelve a tener sentido.

Por mi parte, de lo poco que sé sobre el amor, esto es lo que -cronológicamente y a modo anecdótico- he podido aprender:

– A los 11 años aprendí que fijarse en quién todos se fijan sólo provoca el odio y la envidia, y que o estás a la altura para tal competición, o caes en el pozo del desprecio infantil (que no es poco).

– A los 12 años aprendí que estar a la altura de la competición no es pelearse con los demás por llegar a la meta, sino explorar caminos secundarios y esperar en la línea de meta a que llegue el resto. Que el tiempo pone a todos en su sitio y que te trae a la puerta lo que quieras si te mantienes fiel a ti mismo.

– A los 13 años aprendí que tenemos ojos para más gente, que se puede -y se debe- elegir, y aprendí a gestionar las primeras miradas cargadas de contenido. Aprendí también a archivar los piropos y entendí que casi todos son más una estrategia que un adjetivo.

– A los 14 años aprendí que, si no se es sincero, se hace daño… Aunque poco después lo olvidara.

– A los 15 años aprendí que todo tu mundo puede girar alrededor de una persona durante más de un mes, y más de dos, y más de tres, y más de ocho. Algo bastante acojonante cuando lo descubres, ¿no? Casi tanto como descubrir que eso se pasa, y que después vuelve a ocurrir.

– A los 16 años descubrí que lo infinito también termina, y el mismo año descubrí que lo prohibido significa “Adelante” si realmente merece la pena. Aprendí que hacer ‘all in’ con posibilidad de perderlo todo es la victoria más segura.

– A los 17 años aprendí que defender lo que uno siente es sinónimo de aceptación, mucho más que defender lo que uno piensa.

– A los 18 años descubrí que la rutina afianza y es hermosa.

– A los 19 años descubrí que eso es mentira.

– A los 20 años aprendí que la vida te la da quién cree en ti y quien te admira por encima de cualquier cosa, que la vida es improvisación y que el amor debería ser sacrificio.

– A los 21 años aprendí que los celos no protegen la identidad de la relación sino que borran sus huellas dactilares.

Y ahora, a los 22, estoy aprendiendo que las ilusiones pueden durar lo que dura un parpadeo y que las palabras no son más que letras dispuestas en un orden determinado. Estoy aprendiendo que uno nunca termina de aprender y que el único amor eterno es el respeto, la tolerancia y la transparencia. Que todo lo demás son trampas que le hacemos al tiempo y a las personas y que las cosas deben ser claras y el chocolate espeso. Que nada es definitivo: ni al empezar, ni durante, y ni siquiera al terminar.

Que hoy sí y mañana qué sé yo. Que hoy ‘jamás’ y mañana ‘puede ser’.

Ahora aprendo, después de aprender y desaprender cada año, que este aprendizaje no es definitivo aunque ahora me lo parezca:

Aprendo que hay que calcular para ir haciendo pero jamás calcular para tener hecho.

Y así sigo, aprendiendo,

muriendo a cada paso para seguir viviendo luego:

– Ahora, a punto de cumplir los 24, afirmo que he aprendido que el amor es libertad. Que liberar al otro es liberarse a uno mismo y que uno sólo conserva lo que no amarra. El amor es perder el miedo y huir de la posesión. Es vivir en un tú y yo en yuxtaposición, no en un nosotros. Dejar de creer en los packs indivisibles. Si nos cogemos de la mano muy fuerte y extendemos los brazos, llegaremos a muchos más sitios que si nos abrazamos ciegamente.
En definitiva, el amor no es cerrar puertas sino abrir ventanas. Y así entra el oxígeno y la relación no se ahoga en su propio dióxido de carbono, el mismo dióxido de carbono que exhalamos del sexo que, por cierto, me ha confirmado lo que sospechaba a los 19 años: el sexo, si es muy bueno, es lo único que nos unirá en santo matrimonio. Nada más.

– Cumpliendo 25, he aprendido que el amor también existe hacia uno mismo, incluso por encima de alguien a quien realmente amas. He aprendido a decir “no me merezco esto” aunque lo desee con todas mis fuerzas. Aunque lo siga queriendo. Aunque acumule meses echándolo de menos. He aprendido a pagar con mi sufrimiento de ahora lo que será mi bienestar en el futuro. En definitiva, a los 25, aprendo que el amor también es amar estar solo. Aunque duela al principio, y aunque tú sigas doliendo.