Give peace a chance!

Y, después de vivir muchas guerras (internas, externas, de razón, de corazón, de principios, de personalidad, de todo tipo) he descubierto que uno solo perdona, tolera y comprende cuando se encuentra en paz consigo mismo. Cuando no secunda ninguna guerra.

No hace falta encontrarse en paz con el mundo que nos rodea -realmente eso es imposible-, basta encontrarse en paz con uno mismo y con todo lo que “uno mismo” implica: su vida, su gente, su labor en el mundo. Y ésa es la clave. Ése es el secreto para escuchar y comprender, para empatizar (quizá el verbo más saludable).
Para agradecer lo bonito y convivir con lo feo. No importa la cantidad de adversidades de toda índole que llamen a tu puerta; si estás en paz, las recibirás y  les ofrecerás una silla y un café para que te desarrollen sus pretensiones. Y es así, sólo así (conversando), como se llega a un acuerdo. Es así como se pacta con el diablo. En son de paz. Incluso echándote unas risas con él. Hasta es posible que de vez en cuando se ponga de tu parte.
Esto es lo que he aprendido ahora, momento en el que puedo afirmar sin que me tiemble la voz que es el primer periodo de mi vida en el que me encuentro realmente en paz (quitando la inocente infancia, claro).
He visitado otro tipo de periodos de paz anteriormente, pero mi libertad terminaba donde empezaba el bienestar de mi acompañante. 
Ahora, que no dependo de nadie y nadie depende de mí, puedo decir que me encuentro en paz. En paz conmigo misma, en mi soledad, en mi circo ambulante, en el perímetro que ocupa mi libertad, el cual entiende cada vez menos de fronteras, pero más de visados.