El sentido del tacto

Y se cumplieron tres meses.
Tres meses de un paréntesis vital que tanto necesitaba. Como un soplo, como un suspiro. Tres meses de retiro.

De vida contemplativa. De introspección. De pasar tantas y tantas horas conmigo misma. Y lo bien que me han venido. Para volver muchísimo más pura. Muchísimo más paciente. Muchísimo más comprensiva. 

Tres meses de experimentar con lo salvaje casi a diario. Tres meses terriblemente lejos de mi familia, de mi gente. Tres meses: tan poco y a la vez tanto.

Y ahora que este retiro llega a su fin, que apenas dos semanas restan ya, ahora es cuando se me escapa la sonrisa de medio lado pensando lo lejana que me parecía esta fecha. Y ahora es cuando descubro el quinto sentido del que cojeo y tanto -pero, joder, tanto- echo en falta.

Ahora descubro que he potenciado como nunca el sentido del oído al tratar de entender un idioma nuevo para mí. Al tratar de escuchar y cazar palabras al vuelo, de encajarlas en una frase e interpretarlas en un contexto. He afinado la escucha, mil veces más que el habla. He pasado tres meses escuchando muchísimo más que hablando (algo que no había hecho nunca), he potenciado el oído hasta el infinito. He aprendido a callar y escuchar porque no quedaba más remedio que callar y escuchar.

He potenciado como nunca el sentido de la vista, pues me he maravillado más que nunca con los paisajes de esta isla. He podido pasar por ciudades espectaculares o parajes naturales que quitan el aliento, pero creo que nunca había alucinado tanto con una estampa como lo he hecho aquí. He potenciado la vista para observar hasta el más mínimo detalle, para descubrir el increíble mestizaje que reina en cada calle de esta isla, en cada rincón. He descubierto la mezcla que puede haber dentro de un espacio tan pequeño como es esta roca en mitad del índico. África, Francia y el Caribe en un mismo lugar. Maravillosamente mezclados. De pasear por una calle y descubrir la típica boutique parisina al lado de una casa propia del colonialismo de las Américas poco después de pasar en frente de una tienda de productos tailandeses que estaba al lado del puesto de amuletos africanos. De observar con detenimiento una capilla mientras suenan los cánticos para acudir a la mezquita. De ver tanta mezcla, tantos colores, de potenciar la vista y quedarme admirada por lo que veo. De tener la suerte de llevar siempre una cámara conmigo y una grabadora para narrar lo que veo y siento.

He potenciado como nunca el sentido del olfato, pues donde hay mestizaje hay olores. Donde hay cultura, hay olores. Donde hay comida, hay olores. Donde hay vida, hay olores. Donde hay novedad, hay olores nuevos. Lástima que sea lo único que, aún, no podemos llevarnos con nosotros. Los olores. Podemos capturar imágenes y sonidos de un lugar. Lástima que no los olores. Algunos quedarán en la recámara, rozando con peligro el olvido, y otros volverán a mi vida en el momento más inesperado y tendrán el poder y la magia de teletransportarme a esta isla. Olores transitorios. Olores efímeros. Olores que me han envuelto, que le han dado color a lo que estaba viendo. Olores que no puedo llevarme conmigo y que ni siquiera ahora recuerdo. Tan sólo me queda la esperanza de que, en el momento menos pensado, estos olores vuelvan de nuevo y yo sepa reconocerlos y reubicarlos, y queden como un bonito recuerdo, como un bonito billete de vuelta, aunque sólo sea durante un momento.

He potenciado como nunca el sentido del gusto, pues en esta isla criolla y mestiza, desembocan en ella platos de los alpes franceses, de isla Mauricio, de África del Sur y los autóctonos. He probado nuevos sabores, nuevas mezclas, picantes, sabrosos, insípidos, con muchas especias, con plantas, de todas las texturas, de todos los colores, de todos los sabores. Y, como aspecto altamente destacable, he comido todo tipo de verduras por primera vez en veintidós años. Me he abierto a las verduras, dueñas de esas texturas que tanto me han aterrado a lo largo de mi vida. Y, con ellas, nuevos sabores. Nuevos colores en mis papilas gustativas. Sí, sin duda también he potenciado el sentido del gusto más que nunca. 

Haciendo este balance he descubierto que, efectivamente, quizá haya sido la vez que más he potenciado mis sentidos. Los he estirado al máximo. Tanto que, por suerte, han dado de sí. Y me ha ocurrido lo mismo que le ocurre a las personas que carecen de algún sentido: potencian al máximo el resto. Y yo he carecido de uno del que nunca carecen esas personas que carecen de algún sentido: del tacto
Y con carecer del sentido del tacto me refiero a lo siguiente: a la poca importancia que le damos a este sentido porque, realmente, nunca carecemos de él. Hay ciegos, hay sordos, hay quién pierde el olfato, incluso quién pierde la lengua. Pero nadie pierde el tacto. Porque el tacto es hijo del órgano más extenso de nuestro cuerpo: la piel. Y no hay rincón de nuestro cuerpo que escape de ella. No hay lugar donde nos toquen que no lo sintamos. Y eso es lo que me ha faltado a mí. El tacto, el divino tacto.

Dejando de lado -por un momento- todo lo que concierne a las historias de alcoba, me ha faltado el tacto en las caricias inesperadas. Me ha faltado que me agarren la mano, o que posen una mano sobre la mía mientras ojeamos la carta del menú. Me ha faltado que me pongan la mano en el muslo mientras se conduce, o ponerla yo mientras conduzco, qué importa. Me han faltado los abrazos. En tres meses sólo he dado uno. Muy sentido. Pero sólo uno. Supongo que esto hará que lo recuerde siempre. 
Me ha faltado que me acaricien la espalda, que jueguen con mi pelo. Me ha faltado que me cuenten las pecas, que dibujen mi cuerpo con un dedo. Por faltarme me han faltado, incluso, las cosquillas. Me han faltado las caricias con los labios. Acariciar una cara y que me besen la mano. Me ha faltado agarrar unas manos frías para calentarlas. Me ha faltado escuchar un “Estás ardiendo” o “Eres una estufa con patas”. Me ha faltado erizar centímetros cuadrados de un cuerpo tan sólo con la yema de los dedos. Sentir el calor corporal, acariciar una piel caliente después de estar un tiempo bajo el sol. Me ha faltado deslizar mis dedos entre cabello. Dibujar siluetas, formas, relieves. Me ha faltado perfilar labios con los dedos y que ello termine en mordisco placentero. Morder, morder y más morder. ¡Cómo me ha faltado morder! Y deslizar la mano bajo una prenda, y colarme en la parcela de tu vivienda.
Me ha faltado el tacto, lo he cojeado tanto… Ciega, muda y sorda del tacto. Tan necesario y tan olvidado cuando se tiene a diario. Tres meses sin todo esto. Menos mal que faltan escasos días para volver. Para volver a dar un abrazo. Para acariciar sin pensarlo.

Para tocar mucho.
Para tocar tanto.  

Da gusto

Aprende a querer lo que tienes y no lo que no tienes. 

Ser muy ambicioso puede ser bonito, pero puede llegar a ser contraproducente. Teniendo en cuenta que sólo vivimos una vez, vivir siendo tan ambicioso me parece una forma un poco arriesgada de vivir esta única vida. Alguien ambicioso no se sentirá lleno nunca. Siempre pensará que puede tener algo mejor. 

Hay que aprender a ser ambicioso sabiendo decir “basta” a uno mismo. Sabiendo llegar a un puerto. Porque si no, nos pasaremos la vida remando en lugar de dejarnos a flote y disfrutar de cómo nos mecen las olas. 

“Soy una persona ambiciosa” suena muy bonito, quizá porque va de la mano de aquello de “lucha por lo que quieres” y otra sarta de frases célebres. Sin embargo, como todo, esta filosofía es una moneda con su doble cara. Y una persona ambiciosa NUNCA se sentirá satisfecha. 

Igual la ambición más grande es aprender a disfrutar de lo que tenemos y no ansiar lo que no tenemos:

“Soy muy ambiciosa, lucho constantemente por amar lo que tengo”. 

¿No suena mal, verdad? 

Hoy, en algún lugar de Saint Gilles en esta impactante y remota isla.

Da gusto amanecer temprano para cruzar selva y bañarse bajo esta catarata, para después caminar por carretera bajo el sol justiciero del mediodía y llegar al mar para darse otro baño. Da gusto.

  

H, I, J, K…

Aunque piense en vosotras y me salga el mallorquín,
aunque entre las cuatro hablemos en nuestra lengua madre,
aunque estas líneas deberían estar tildadas con acentos abiertos y cerrados,
voy a escribirlas en castellano.

Aunque me cueste y me sea raro. Pero quiero que me entienda todo el mundo, porque gracias al cielo tengo amigos de por todas partes. Así que esto va, en primer lugar, para vosotras. Va para mí. Y para los de Mallorca, los de Madrid, los de Andalucía, los de Murcia, los de León, os galegos, los extremeños, los asturianos, para todos los de todas partes que sé que me leéis. 
Escribo para los que tenéis familia, los que tenéis madre, abuela, tía. Escribo para los que lloráis en las despedidas. Y para los que ahora mismo tenéis el corazón roto. Pero sobre todo, escribo para ti, que tienes todo esto -y mucho más- aunque ahora sólo creas que tienes un triste roto corazón. Sí, Irene, estas líneas van para ti. Por si acaso el humo de la desdicha se ha atrevido a eclipsar tu orgullo, soy clara y directa y yo te disipo el humo. Que me envalentonaré y escupiré líneas mientras las trazo al cielo desde la distancia, porque juego con kilómetros de desventaja. Porque no estoy ahí para secar lágrimas ni para provocarlas (de risa), y eso me acompleja y me desgasta, por eso me escudo y me resguardo donde me siento en casa: en las palabras dulces y en las amargas.

Empezaré definiendo una palabra que me repite mi madre, una y otra vez:
Resiliencia – Capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas.
A la que, todo sea dicho, no le di mucha importancia hasta que descubrí que llevarla a cabo no se me da nada mal. Y lo diré aquí una vez (y no lo repetiré muchas veces más para que no me salga el tiro por la culata más a menudo de lo que me gustaría): como de costumbre, mi madre tiene razón. Hay que abrazarse a esta palabra como clavo ardiendo. Como quién se abraza a una promesa de alguien que importa, como quién se abraza a palabras que -tantas veces- se las lleva el viento… 
Sin embargo, abrazarse a resiliencia nunca será contraproducente como puede ser abrazarse a palabras vacías, porque al continente de esta palabra le aportamos nosotros el contenido, y no al revés. 

Seguiré citando unas palabras que me pronunció -no hace mucho- una gran amiga y las cuales tenía ganas de volcar en este blog:
“Tú vales muchísimo, Silvi. Y hay gente que se da cuenta en seguida, y hay gente que tarda más. Pero quién lo vale, lo vale siempre”.
Estas palabras son de Neus. Evidentemente no iba a mencionarlas sin mencionar la autoría. Aplicároslas a menudo, no sientan nada mal.

Y continuaré hablando de nosotras cuatro. Y esto va a ser una terrible oda a nosotras mismas y la más absoluta falta de modestia habida y por haber. Que aunque hable en singular, hablo de las cuatro. Y con la barbilla bien alta y picando el teclado firmemente. Líneas no aptas para quién sienta la más mínima falta de cariño hacia nosotras. Líneas absolutamente aptas para ti, que es a quién principalmente van dirigidas. Porque las necesitas, porque te hacen falta y porque yo necesito decírtelas. Porque el viernes pasado no pude estar en esa mesa llorando de la risa mientras provocabais que se girase todo el bar. Porque el viernes pasado no pude ser, por una vez, la más normal del grupo. Porque el viernes pasado no pude ser yo la seria, la que pone orden, la que dice “Disimula”, la que pide disculpas al de la mesa de al lado. Porque el viernes pasado no pude quejarme de dolor abdominal teñido de risa. Porque no pude menospreciar a quién te menosprecia, porque no pude halagar a quién te halaga, porque no pude miraros en silencio mientras pienso que tengo a las tres mejores mujeres del mundo en la misma mesa y soy increíblemente afortunada por tener tres planetas diferentes de un mismo universo. Por eso y por mucho más, quiero hacerte recordar que ahora mismo me fastidia hasta el infinito que estés sufriendo y que me digan que sufres por alguien, pobre de él, que no ha sabido ver en ti lo que vemos todos. Y me fastidia que sólo tengas ojos para, justamente, quién no los tiene para ti. 
Escribo porque somos cuatro personas sufridoras de la vida, románticas hasta el insulto, amantes de lo que presiona justo aquí, justo aquí dentro. 
Sufrimos por la vida porque estamos enamoradas de ella, y no hay amor sin sufrimiento, no hay poesía sin dolor. No hay luz sin sombras. Nunca. Jamás de los jamases. Y me meto el “Nunca digas nunca” entre el desprecio y la risa, justo en medio. 

Escribo para que quede aquí escrito, para que a mis palabras no se las lleve el viento. Escribo para recordarte que eres una mujer increíblemente fuerte, que si has salido de la peor despedida de tu vida, que fue la de tu padre, podrás salir de las despedidas de hombres que no valen ni el cordón del zapato de tu padre. Podrás salir de las despedidas de hombres ciegos que sólo han sabido ver tu indomable belleza, y nada más. Podrás salir de la despedida de un hombre que lo único que te ha sabido dar son cuatro promesas, cientos de palabras y algún que otro momento bonito. Y aquí va una pregunta de una chica que escribe a otra que también escribe: Dime, Irene, ¿de qué sirven las palabras?. Las dos sabemos que este regalo del pueblo sumerio, que es la escritura, es tan bello como cobarde. Las palabras, muchas veces, son tan bonitas como efímeras. Son tan ciertas como falsas. Son un arma de doble filo. Son sonrisa, pero la sonrisa del diablo. Son sorpresa, son bofetón, son beso, son hambre y son sobrepeso. Y a todos los que nos gusta escribir, alguna vez, hemos pronunciado más palabras de las que deberíamos. Hemos mentido casi más que hablamos. Hemos recitado versos como juglares para hacer sonreír a un patético rey. Y lo sabes tú, y lo sé yo. Y ambas sabemos que eso es triste, penoso y de sinvergüenzas. Y como tú lo has hecho, deberías saber más que nadie que también lo han hecho contigo, y que igual de vacía que te sentiste escribiendo esas palabras huecas, igual de vacío está quién ahora te las ha dedicado. 
Palabras dentro de las cuales suena el eco de tu voz, palabras en las que todavía habitas, en las que las paredes sólo tienen un horrendo gotelé y dentro de las cuales sólo suena el repiqueteo de una gota que son tus lágrimas. 
Sal de ahí, que los románticos sufrimos el doble porque gracias al cielo sentimos el doble. Porque somos seres humanos y no simples seres vivos. Sal de esas palabras que han pasado de acariciarte con su calor a hacer que te mueras de frío. Sal de ellas, que fuera te espera el calor del sol. Sal a cegarte con la luz, a sentir el calor en la cara. Sal fuera, que hay siete mil millones de personas esperándote. Que ahora el trovador está componiendo nuevas palabras vacías para un alma que vale la mitad que la tuya. 
Que el primer síntoma de que superamos un desamor es el momento en el que dejamos de pensar en lo que hemos perdido para pensar en lo que se está perdiendo esa persona. 
Claro que sí.

Refúgiate en tu fuerza teñida de optimismo y risa, refúgiate en la fuerza teñida de racionalidad de tu hermana mayor, refúgiate en la fuerza teñida de cariño de tu madre, refúgiate en la fuerza convertida en líneas de tu sobrina. Refúgiate del chaparrón mientras te vamos apartando las nubes. 
Y recuerda esta imagen (a mí me sirve muy a menudo): Cuando estás en un avión, sobrevolando las nubes, justo encima, antes de empezar a descender al destino: es como el Olimpo, acantilados de nubes blancas y esponjosas brillando bajo el sol, con esos azules, con esas formas, todo es luz, el sol calienta incluso al otro lado de la ventanilla, brillando con más fuerza que nunca sobre el manto de nubes, es como de ensueño, y… pocos minutos después, tras unos minutos descendiendo, cuando ya vemos tierra: está lloviendo, gris y frío, bajo ese mismo manto de nubes. Parece mentira, todo lo que estabábamos viendo hace dos escasos minutos. Parece mentira todo lo que hay aquí debajo de ese mismo manto de nubes también regado por el sol brillante. Parece mentira que a estas dos estampas tan dispares sólo las separe un ridículo manto de nubes que, al fin y al cabo, no tienen ni consistencia sólida. Nubes que incluso se podrían soplar. ¿Parece mentira, verdad? La misma mentira que te han vendido. 

Coge el vuelo, traspasa esta mentira, que son las nubes, y sube al otro lado. Que está ahí. Justo encima. Esperándote. Está aquí al lado. Ven, pasa, toma asiento.

No te lamentes por perder a alguien que ni siquiera tenías. No te lamentes por perder a alguien que no te supo valorar. Es como lamentarse porque no te valora alguien que no vale nada. Es 0 + 0. No sumes lágrimas por alguien que te resta. Réstale importancia a quién no te asuma. 

Resta, resta. Al final descubrirás que es la única forma de sumar.

Y recuerda siempre esta bobada:
H, I, J, K… L, M, N, A…

17 d’abril

Fa molt de temps que tenc ganes d’escriurer-te i avui tenc un motiu més que justificat. T’escric aquí perquè sé que ses meves dues corresponsals (que són ses teves filles) te faràn arribar aquest escrit.
I és que ja saps de sobra que t’estic escriguent a tu si començ diguent T’estim fins a nes cel.

Avui fas anys, exactament no sé quants i tampoc m’importa gaire. A mí lo que me fa feliç és que els fas.
I punt.

Ara mateix donaria sa primavera sencera per agafar es cotxo i presentar-me a Palmanova, a ca teva, a n’aquest petit racó màgic que tu tota sola has creat. Com acostumes a fer amb quasi tot el que t’envolta.

Avui entraria per sa porta per a que me donessis una forta aferrada mentres te dessig “Molts d’anys” i… carai, ja se m’umplen els ulls de llàgrimes. Pensava que tardaria un poc més.

I que, después de donar-te s’aferrada i fer un poc de cas a nen Lucas, me diguessis que vagi a jeure “a davall aquesta tumbona que he descobert que a n’aquest racó s’està beníssim perquè corr s’aire i s’està fresquet”. És es teu màxim interés. Que jo estigui despreocupada i a gust. I sempre a prop d’un arbre (que curiosament aquests dos conceptes solen anar de sa mà). 

Si m’he de remontar a qualque record especial entre nosaltres, sens dubte començaré citant Establiments. I me posaré un poc més precisa si dic que dedins des jardí. I ja atinaré del tot si dic que davall es nisprer i assegudes a nes columpio. Crec que aquesta estampa és es primer record que tenc de conversar amb algú. Sé ben cert que abans hauria tengut mil i una converses amb qualsevol de sa famili, en especial sa mamà, en Frani, es papà o sa tia Irene. Però record especialment ses que tenia amb tu davall es nisprer perquè, encara que no recordi de què parlàvem exactament, record a la perfecció que varen ser ses primeres que me varen fer raonar i filosofar respecte a sa vida. I, tenguent en compte que conversar i filosofar és una de ses coses que més m’agrada a n’aquest món, és normal que dugui dins es cor es primers moments en que vaig descobrir aquest plaer. I, evidentment, va ser davora tu. 
Tots tenim una persona dedins sa nostra vida de sa qual mai oblidarem ses converses, es raonaments; una persona gràcies a sa qual hem aprés a cercar es sentit a ses coses que ocorren; algú que mos ha ensenyat a analitzar i reflexionar el món. Aquesta persona dins sa meva vida, sens dubte, ets tu. Amb això no vull dir que siguis sa única, però ets sa que ho representa. 
Ademés, cal dir que sempre he tengut sa sensació de que quan parlava amb tu també parlava amb s’avi, que és sa persona de sa que sempre m’apenediré de no haver pogut tenir una conversa. Quantes coses serien distintes, si jo pogués conversar amb s’avi. Supòs que tots hem de conviure amb un buit, i aquest és es meu.

Així que gràcies, perquè encara que jo demani i s’avi no me pugui respondre, tu m’has respost per ell. I és que és tan gran es teu poder sentimental i emocional damunt ses persones, que dedins meu has acoseguit lo impensable. Has aconseguit que estimi amb tota sa força des meu cor a dues persones: a tu i a s’avi. Has estat dues persones dins sa meva vida. Jo no el vaig poder conèixer en sa plenitut que se pot conèixer una persona, per això es meu buit mai sirà tan gros com es teu, es de sa mamà, n’Irene o es tio Alfredo, i per això tu has pogut omplir part d’aquest buit construint sa seva persona dintre meu al llarg de totes ses hores en que m’has xerrat d’ell, m’has contat com era, lo que ell hagués fet, lo que ell m’hagués dit o què hagués pensat. Mai entendré com has estat capaç de fer que estimi amb tanta força a una persona que no he conegut; com has aconseguit que plori tantes hores a sa meva soletat per una persona que no record; com has aconseguit que anyori fins que senti mal físic a una persona que no sé com gesticula. Encara que puc sospitar que si sento tot això és perquè aquella pesona te va fer feliç i te va arrebassar quasi tota sa felicitat quan va partir. I només pes fet de que una simple persona, que tan sols és un ser viu que es limita a respirar, sigui responsable de tan gran percentatge de sa teva felicitat fa que automàticament se guanyi es cel dins es meu cor i sa meva ànima. 

Per això, dir “signifiques molt per a mi” no significa res comparat amb lo que vull expresar. Cada persona dins sa meva vida ha estat una peça des puzzle que sóc jo. Cada persona representa uns valors dins sa meva vida. Així com sa mamà m’ha aportat sa racionalitat, sa llibertat i sa comprensió, en Fran sa paciència, es sacrifici i s’humor, es papà sa lluita i admetre els errors, sa tia Irene sa vitalitat i s’optimisme… Tu m’has aportat sa intensitat, lo emocional i lo sentimental. I si jo tenc qualque valor com a persona, no me queda cap tipus de dubte de que és gràcies a tots voltros. I també és cert que els valors que més em representen són els teus, així que imagina fins a quin punt m’has calat fons. 

Tot això passant per alt s’amor i respecte que m’has incultat pels animals i sa natura. A mem qui té una nonna que li dongui de menjar a ses formigues. Que vengui qualqú i m’ho demostri. Que això és una altra: aquest amor que m’has inculcat per sa natura és sinónim d’estar amb pau i profund respecte amb sa mare Terra. I sempre que trobem persones que estimen a n’aquesta mare, trobarem germans
Qui estima sa natura, no importa a quin racó del món es trobi: basta que vagi enmig dun bosc o enmig de la mar, que es sentirà a ca seva. I això ho has aconseguit tu. Has aconseguit que me senti a ca meva no importa a quina part del món jo hi sigui. No importa el temps que passi, que tu no hi siguis, que Palma estigui a ses antípodes: m’aniré enmig des bosc a abraçar un arbre i estaré a casa, estaré amb tu. Es meu escriptor preferit (i es de sa tia Irene), en Zafón, diu “Uno nunca olvida el primer libro que le llega al alma” (o algo així). Algo totalment cert. Pues jo també pens que un mai oblida qui li va ensenyar que als arbres també se’ls pot abraçar. I és algo que sempre intento transmitir a qualqú que passa bastants de dies amb jo. “Prueba a abrazar este árbol, verás cómo te sientes mejor”. És màgic.

Així que gràcies, de veres, gràcies per tanta màgia. Que si me demanen si crec en sa màgia, els hi mencionaré tot això, totes ses nostres converses sota ses estrelles, converses que viatjen a través del temps i de l’espai fins que el cap ja no mos dona per més. Els hi mencionaré sa teva força, sa teva capacitat de sacrifici. Els hi mencionaré totes ses vegades que has calmat sa meva ràbia, totes ses vegades que m’has fet comprendre (sa comprensió és oxígen), totes ses vegades que m’has donat sa raó d’amagades, totes ses vegades que m’has fet perdre sa por, totes ses vegades que m’has abraçat. Els hi mencionaré totes ses vegades que m’has fet entendre amb comptes i moralejas. Totes ses vegades que m’has fet persona humana, i no m’has deixat esser un simple ser viu. I totes ses coses que podria seguir escribint, cada dia, fins que tu i jo deixèssim de complir anys.

Però en resum, avui puc dir que sé ben cert que, qui no creu en sa màgia, és perquè no t’ha conegut a tu.

Esta guerra la pago yo

Adelante. Abre fuego. 
Ten agallas, canalla.

Carga la munición. Olvida los gastos, olvida los desperfectos.
Todo corre a mi cuenta.

Pagaré las balas, 
que serán las palabras.

Pagaré las explosiones,
que serán las sorpresas.

Pagaré los desperfectos,
que serán nuestras almas.

Adelante. Da la orden.
Ten coraje, cobarde.

Pagaré los regimientos,
que serán nuestros reproches.

Pagaré los crímenes de guerra,
que serán tus palabras amargas.

Pagaré la pólvora,
que serán nuestros suspiros.

El azufre, la dinamita,
que serán nuestras miradas.

Lo pagaré todo. Estoy armada hasta los dientes.
Así que adelante, dispara. Atraviésame las entrañas.

Pagaré las heridas, derramaré las lágrimas.
Lo pago todo, no te preocupes por nada.

Tú dispara, 
que al fin y al cabo, 
nos queda esto
nada.

Yo sólo quiero un día

Voy a hacer un pequeño paréntesis en este increíble lugar en el que me encuentro, cuyos paisajes son una auténtica maravilla y su ambiente natural me arropa cálidamente, para recrearme una poquita.

Porque, por muy increíble que sea cualquier sitio, no desconecto de mi tierra. Es más, mi adicción a viajar es en cierto modo contradictoria, pues cuanto más conozco, más quiero conocer y más añoro mi hogar.

Aquél del que vengo, donde me he criado y el que me ha visto crecer, cuya luz y olor llevo dondequiera que vaya. Porque parece mentira el factor de sentarme en una playa paradisíaca en cualquier rincón del mundo y que lo que alcanza mi vista (arena, orilla, horizonte) sea lo mismo que veo cuando me siento en la arena mallorquina, pero no lo sienta igual… ni lo sienta tansiquiera parecido. Y me pregunto por qué, si estoy viendo la misma estampa. Será la atmósfera, serà es vent de xaloc.

Llevo dos meses fuera de casa y me quedan otros dos. Nunca había estado tanto tiempo fuera, y hay momentos en los que me duele de verdad, dentro del pecho, y siento una presión y un vacío que nada sobre la faz de esta tierra puede reemplazar que no sea ese pedazo de roca en mitad del Mediterráneo.

Y es que yo sólo quiero un día. Sólo pido un día, un parétensis dentro de esta aventura, y juro que lo que me queda aquí lo bajo rodando. 

Necesito el combustible de ese olor a sal único de la isla, del olor a pino; necesito respirar ese verde y beber ese azul. Que alguien me lo dé, y juro que seguiré con esto.

Necesito amanecer muy temprano, cuando el sol aún no ha empezado a calentar, y ver el moreno de mis piernas entre las sábanas blancas mientras el sol se cuela entre la persiana y me acaricia la piel de las espinillas. Necesito desperezarme mietras oigo los canturreos locos de mi hermano Pablo al otro lado de la puerta. 

Quiero salir de la habitación y no tener que ponerme ninguna prenda porque estoy en casa. Encontrarme a lil’bro en el pasillo y hacer nuestro saludo secreto, mientras Fran baja las escaleras y me dice “Silva, baja al garaje que tienes cajas sin deshacer que ya no sé dónde meterlas y estoy por cobrarte un alquiler de espacio” antes de darme un beso de buenos días. “¿Puedo hacerlo esta tarde, Anselmo? Es que he quedao y tengo prisa”. Los dos sabemos que “Esta tarde” es “Ya mañana, si eso”. Sorry.

Llegar a la cocina y que mi madre me tienda su batido de frutas recién exprimido, mientras me da un beso y cuatro palmadas rápidas en el culo y me dice “Silvi, no sortiràs així a sa terrassa?”… “No faig mal a ningú, mamà, m’és ben igual”. Y degustar el batido fuera mientras el vientecillo matutino me peina la cara y Pablo me chuta un balón.

Trastos, maletero, aletas, gafas, mi querido Fiti Decathlon, el sol aprieta, arrancamos. Música, y a volar. 

Nos vamos al sur de la isla y son las diez de la mañana. Parada en el Coyunda para esos bocatas y cuatro porquerías en el Eroski. Espera, no puedo irme sin pasar por Decathlon. 

Y salimos, dejamos atrás la periferia de la ciudad y empezamos a atravesar las carreteras entre campos de cultivo, más secos que nunca. Molins, y esas bolas de paja de cuyo nombre nunca me acuerdo. Oasis de lagunas en el asfalto, y pronto empezamos a coger las carreteras secundarias. Cigarras. Muchas cigarras. La banda sonora de mi isla. Y llegamos a la Colònia de Sant Jordi mientras dejamos atrás esa gasolinera a la derecha y los edificios más feos se van quedando en el camino para dar paso a las casitas de verano.

Es Cargol, Es Dolç, Es Carbó, no nos importa. Cualquiera es el paraíso terrenal. La arena quema, el cemento no existe, las cigarras cantan más que nunca entre los arbustos, el agua está perfecta y perfectamente turquesa. Me voy al agua. Y así, sin darnos cuenta, pasan las horas: tostándonos al sol, adivinando las vidas de la gente de la playa, perdiendo la noción del tiempo bajo el agua, agarrando rocas submarinas y caminando en la profundidad, hablando de nuestros surrealismos, dibujando el horizonte con los dedos, sacando fotos, “esta pal instagram”… Mira la marca del moreno” mientras comparamos la planta con el empeine; 

Si esto es guerra, que no venga la paz”.

Y el sol empieza a hacerse débil. Y entonces llega nuestra máxima preocupación: llegar a tiempo a la puesta de sol. Unas pipas y a filosofar, que nos encanta. Nos vamos a las rocas del faro y admiramos el baño que se pega el sol tras un caluroso día de verano, un día cualquiera, mientras se pone colorado porque le estamos mirando. ¿Qué, un helado en el Colonial y bajamos a Palma?” “Hecho”.

Y nos vamos, torrados de sol, con el alma tranquila y llena, y la arena todavía en los pies. Una ducha en casa, pero rapidito, que no nos dan de cenar. Y si no, qué más da, el McDonald’s estará abierto. Cojamos la cena y cenemos a los pies de la catedral. Y ahí cenamos, en el mejor restaurante del mundo: la calle

No me apetece irme a casa, vamos a tomar algo

– Vayamos a Santa Ponça. – Uy, qué lejos de repente, ¿no?  – ¿Y? ¿Tienes prisa? – Tan cierto…

 Y así acabamos, poniéndonos contentos donde los guiris para luego terminar en una calita que los guiris no conocen. Y así acabamos, volviendo a casa a las tantas, tras un día que no se ha medido por horas, sino por planes. 

Vamos a cargar las pilas, que mañana nos toca Cala Varques.

Y es que es eso, yo sólo quiero un día.



Quién no quiere a su tierra, no quiere a su madre.



Dosis de risas antes de abandonar el catre

¡Mmmmmuy buenos días! 

Hoy me he levantado (se puede no despertarse, pero sí levantarse) de muy buen humor y quería compartirlo con vosotros. Ni encontrarme la leche fuera de la nevera (o dentro de ella pero con sólo un culín) van a poder con mi sonrisa. 

Y es que, dejando a un lado todo lo bueno, también es posible alegrarse la mañana sin necesidad de evaluar nuestra vida tratando de encontrar lo positivo. 

Porque tenemos Internet.

Sí, lo sé, la fórmula alegrarse la mañana + Internet os lleva a pensar en YouPorn, ¿eh, mentecillas?. Está bien, pero el tema del porno lo dejo para otro día. 

Hoy vengo en son de humor. 

Y me apetece compartir mis escapes, a los que siempre recurro cuando quiero desconectar de lo que me rodea y no quiero darle mucho trabajo a mi cerebro. Echarme unas risas, vamos.

(Viconsejo (consejo de vida): No leáis el periódico por la mañana o por la noche. Descartemos el despertarse o el ir a dormir con lo que pasa en el mundo; nos quitará la sonrisa y el sueño respectivamente, y no nos interesa ninguna de ambas. Las noticias, al mediodía.) 

A lo que iba, aquí va el listado de cosas buenrolleras que siempre me roban carcajadas y a las que ya acostumbro a sucumbir en las mañanas:

– Los artículos de GQ España. Especialmente los de Alberto Moreno (@albertomoderno). Me superan los listados del tipo Qué esperar de una chica según cómo toma el café, Qué esperar de una chica según su bebida favorita o Qué esperar de alguien según su foto en Tinder y todo tipo de clasificaciones de la misma índole

 – El Mundo Today. Las únicas noticias a las que accedo de buena mañana. Desde lo que hay en Portada hasta las Secciones. Descubrí a estos dos tipos en el 9 Día C hace tres años y la idea me pareció una genialidad cuando la presentaron: Noticias en clave sarcástica para burlarse del mundo y de sus actuales sinsentidos, hasta tal punto que muchísima gente se cree sus noticias… y muchas veces tengo que confirmar dos veces que el titular que estoy leyendo es de un periódico serio y no de EMT. 

– Las frases de La gente anda diciendo. Esta iniciativa argentina nos demuestra que los mejores pensadores y humoristas están en plena calle.

 – Meterse en el perfil de Twitter (parodia, claro) del líder norcoreano Kim Jong-un (@norcoreano). Es demasiado… Desde lo que nos cuenta de su día a día, pasando por la realidad de su país hasta opinar sobre lo que ocurre en el nuestro. Claro, directo y mucho sarcasmo (que rima con orgasmo). Me encanta.   
 

Moderna de Pueblo y su capacidad para burlarse de nuestra realidad social. Admiro y envidio a partes iguales la facilidad que tiene de retratar tanto gráfica como líricamente a las tribus urbanas y sus integrantes. Un 10.

Formas de vivir la política
 

– Joaquín Reyes presentando a famosos en Vodafone Yu. Épico Joaquín con su sentido de humor de Albacete capaz de humanizar y convertir a la mismísima Rihanna en una chica corriente que viaja en Alvia. Destacables las entrevistas con Justin Bieber, Miley Cyrus o Nicki Minaj

 – Joaquín Reyes (mucho Joaquín) esta vez con su clásico Celebrities. Destaco los de Ferran Adrià, Alaska, Robert Smith, Bunbury, Paris Hilton, Cindy Lauper, Mike Tyson… Joder, es que cuando empiezo no puo’parar. 

 – Paco León imitando a Raquel Revuelta en Estrenos de Cartelera. Aquí tampoco tengo filtro: Poltergeist, Tesis, Mar Adentro, Spiderman 2, Buscando a Nemo, Shrek… Obvio, obligados Desparpajo y La casa de Raquel Revuelta. 

 – La biblia APM. Para llorar de la risa con sus Top 10, Es de ser inútiles o Què m’has dit?. Aquí tambien me cuesta horrores elegir preferidos. Supongo que de los Top 10: Respostes, Erudits, Fashion Victims, Romàntics y Simpàtics. Sin pérdida los de Fans de Lady Gaga, Justin Bieber o Take That

– Cualquier monólogo de Goyo Jiménez y su experiencia en asuntos americanos, siempre.

Y hasta aquí esta recopilación de risas por la mañana… Y a cualquier hora del día, en realidad.

Buenos días… ¡¡¡¡Y A REIR!!!!