Crónica de una muerte más que anunciada

Antes de todo, cabe decir que esta es mi humilde opinión y que si estoy equivocada en algo es porque en ningún momento nadie se ha parado a explicarme a mí y a mis compañeros qué hay detrás de este atentado contra los campamentos de Sa Font Gran. En el momento en que quién debe hacerlo se pare a explicarnos el porqué de todas estas acciones, cabrá la posibilidad de que yo cambie algo en mi forma de pensar. Mientras tanto, me limito a escribir lo que veo.

En primer lugar voy a explicar lo que significa un campamento para mí.

A un campamento se va a hacer el burro. Empecemos por ahí. Se va a disfrazarse, a hacer lo que no puedes hacer en casa y lo que no puedes hacer en el colegio. Se va a ser uno mismo en el significado más absoluto de “ser uno mismo”.

El respeto a los compañeros, a los monitores y al medio ambiente deberían ser las únicas normas existentes en un campamento. Toda norma que no tenga una relación estricta con esos tres pilares me parecerá exagerada y, sobre todo, fuera de lugar.

Entonces, después de respetar estos tres pilares, viene una de las acciones más importantes de un campamento: divertirse.
Revolcarse en el barro, probar mejunjes cuya composición mejor no saber, superarse a sí mismo, hacer gymkhanas, excursiones fuera del recinto del campamento, vivir aventuras, ser valientes, y romper con la monotonía que viven los niños en sus casas y en su colegio los 358 días del año restantes. Como establezcamos una monotonía en un campamento podemos empezar a establecer, de paso, una fecha de despedida.

Además de la acción de divertirse, existe la acción de respetar. Hay que respetar a los monitores, hay que respetar a los compañeros, hay que respetar al medio ambiente, al lugar en el que nos alojamos, hay que respetar todo lo que nos rodea. Y aquí viene la lucha: respetar el medio ambiente no significa vetar y prohibir todas las pruebas que necesiten agua y/o comida. El principal mérito del respeto es saber dosificar, no prohibir. Hay que aprender a usar las cosas en su justa medida, y prohibiendo usarlas NO se aprende a respetarlas. Es como si prohibimos a los niños jugar a fútbol porque se pelean, cuando lo que hay que hacer es enseñarles a no sobrepasar los límites. Por eso, el primer paso para minar un campamento lo han llevado a cabo a la perfección: en lugar de enseñar a dosificar, nos han enseñado a prohibir. Prohibir no es la solución, pero es el primer método usado por la dirección actual de los campamentos de Sa Font Gran, eliminando las pruebas más exitosas de un campamento. Y si eran las más exitosas, seguro que todos sabemos de qué iban.

Todos nosotros, ahora monitores, hemos pasado por pruebas con comida y agua y no somos peores personas. De hecho, hemos APRENDIDO a dosificar, a no malgastar. Ese tipo de pruebas eran algo extraordinario en el tiempo: sólo un monitor las podía llevar a cabo un día del campamento. ¿Y de verdad eso es malgastar?, ¿somos peores personas por divertir a niños pequeños?. Me parece que se malgastan muchas más cosas durante esa semana que una simple prueba aislada. Además, las pruebas con comida siempre se llevaban a cabo con comida sobrante de días anteriores y, quien no lo hacía, recibía un toque de atención.

Nadie duda que haya pruebas “respetuosas” con las que los niños se puedan divertir, pero no son las pruebas de las que se habla el primer día de clase casi dos meses después. Y eso es lo que se debe buscar en un campamento: la presencia en el tiempo. Hacer con los niños una semana especial. Una semana que no volverán a vivir hasta dentro de un año, por ello antes siempre había el mismo número de niños en los campamentos, no disminuía e incluso aumentaba, y había que correr para inscribirse porque se acababan las plazas: porque recordaban esas experiencias a lo largo del año esperando con ansia el siguiente campamento. Si ahora ya no tienen nada que recalcar de un campamento, y se acerca la fecha para inscribirse, pensarán “¿qué recuerdos me llevé yo el año pasado…?” Y les será muy difícil hacer memoria, y aún más difícil les será convencer a sus padres de que los 300€ que cuesta el campamento valen la pena.

Cuando yo iba a campamentos, desayunábamos calamares y cenábamos colacao con galletas. Jugábamos a encestar jeringuillazos de leche en la boca de un monitor, metíamos la cabeza dentro de cuencos de barro para sacar chupa-chups y nos revolcábamos en una lona de plástico con agua y fairy para perseguir una pastilla de jabón. Son momentos que un niño vive exclusivamente en un campamento y, por ello, recuerda el campamento como la mejor experiencia del verano y, si me apuras, como una de las mejores experiencias de su infancia. Doce años después, yo los recuerdo así.

Ahora los campamentos se han convertido en una extensión escolar y, si no se clausuran antes, no me sorprenderá en absoluto que se establezca un uniforme de campamentos, puestos a buscar la excelencia y a acariciar la venerada Q de Oro, la cual ha brindado una pomposidad al colegio digna de admirar pero ha eclipsado los campamentos hasta llevarlos a lo más profundo del recuerdo.

Una pena que estén consiguiendo lo que desean: cerrar la carpeta de Campamentos CSC SFG. Y qué mejor forma de hacerlo que humillar y hacer la vida imposible a los monitores que trabajamos única y exclusivamente por amor a Sa Font Gran y a todas las experiencias que nos han brindado y que ahora queremos brindar nosotros a los más pequeños. No tenemos ni voz ni voto, y por supuesto no tenemos sueldo, simplemente somos brazos y piernas encargados de desarrollar un campamento minado y torturado bajo las órdenes de una persona que se dedica a prohibir, reñir, humillar, establecer normas ridículas, recitar frases vergonzosas y llevar a cabo unas acciones que rinden homenaje a la palabra dictadura. El hecho de prescindir de monitores válidos por temas personales y no profesionales amparado bajo la frase “no viene porque no me da la gana y punto” no es más que una muestra de cómo dirige la orquesta de su cabeza y la de nadie más. Todo ello sumado a que su presencia durante los días de campamento brilla por su ausencia, nunca mejor dicho; y que los momentos en los que se “mezcla” con monitores y acampados se pueden contar con los dedos de una mano. Muy sencillo es establecer normas y prohibiciones cuando no es uno mismo quién tiene que dar la cara y tratar de sacar adelante un campamento cada vez más aburrido. Ésta es la triste evolución de alguien que, en su día, fue el primero en disfrutar de las acciones más inmorales en los campamentos y cómo evidencia que no aprendió a dosificarlas y no le quedó más remedio que prohibirlas.

Esto no es más que la crónica de una muerte más que anunciada, un títere bajo las manos de alguien que se quiere desentender de algo y ya no sabe cómo. Alguien a quien le estoy profundamente agradecida por facilitarme el abrir los ojos y agradecer al cielo no tener que trabajar nunca más para esta persona, persona que me está avergonzando y que me demuestra que los intereses de uno mismo reinan por encima de todo lo demás y quién me ha hecho entender el mismísimo significado de la palabra hipocresía. Alguien que defiende y predica con unos valores que ajusta e impone a su alrededor pero no cumple consigo mismo.

Nada mejor que una crisis económica en la que respaldarse para ocultar algo más que evidente. Sigue habiendo crisis y sigue habiendo campamentos. Los niños no abandonan los campamentos, sencillamente emigran a otros en los que pagar 300€ valga la pena.

Una lástima que algo tan mágico y bello, algo que despierta la sonrisa en cantidad de rostros que han formado parte de ello, haya llegado a manos de una persona así en el momento menos adecuado.

Campamentos de Sa Font Gran, yo asistiré a vuestro entierro.