Sigamos hablando…

Es bueno retomar la conversación. Es como la energía: ni se crea, ni se destruye. 

Hablaba de ti. Y he venido aquí a seguir hablando.

Me adentro en la aventura del recuerdo y me veo contigo, en esa casa azul delante del río. El río a la derecha, al pie de la montaña, iluminado con ese tono naranjizo que regala el sol cuando se va. Allá a lo lejos, Nemiña. Estamos en Lires, libres. Estoy sentada bajo el porche, con los pies sobre la mesita de madera, observando el cementerio blanco al pie de la montaña, las cruces. Tengo a Lires a mis pies y a ti en la cabeza. Pienso en lo corta que es la vida, lo rápido que pasa y lo poco que la gente sabe disfrutarla. A mí me costaba, hasta que te encontré a ti. Y eso es algo que tengo que aceptar y andar con la verdad por delante, porque nunca está de más aceptar las cosas que te hacen querer a los demás.

Me vienen a la mente las llegadas a ”nuestra casita de madera temporal” o ”nuestra casita temporal de madera”. Qué más da. Fue nuestra y punto. Recuerdo la imagen de entrar y ver esa enorme ancla delante de la puerta como antesala de la casa. Detrás, el río, el mar, la montaña, la casa. Recuerdo lo feliz que soy viendo esa estampa y recordándola ahora en mi cama, en Palma.

Es extraordinaria la paz que me da tu sonrisa. La seguridad que me dan tus ojos. Me encanta despertar en mitad de la noche y verte durmiendo a mi lado, me siento en casa cada vez que me abrazas por detrás en la cama. Compartir contigo el día a día hace que no pierda el tiempo pensando en que me falta algo. Son todo un cúmulo de sensaciones que hacen que me ancle a ti.