TODOS LOS MONSTRUOS #6

Me desperté tendido en el suelo.

No sabía cómo había llegado hasta ahí, pero varias botellas de bourbon elucubraban la respuesta.
Aún llevaba puesta mi gabardina. Recuerdo que me despedí de ti y me fui a casa. Lo que ocurrió después es una página en blanco.

Y voy a aprovecharla para rellenarla de los sentimientos con los que me despierto.

Cada vez que me encuentro contigo entiendo por qué me he vuelto un gilipollas.
He construido un glaciar con mis sentimientos y, ahora, cada boca que beso es un portal en el que me resguardo cuando hay tormenta, sin llegar a entrar en la casa.

Cada vez que me miro al espejo adivino todo lo que no estoy sintiendo. Como el que lee entre líneas un texto lleno de cuchillas jugando a no cortarse.
Tú me enseñaste a no querer, justamente porque te quería.
Me enseñaste a no abrazarte con tal de que no me acostumbrara a tu fuerza de gravedad.
Me enseñaste a escapar de mí mismo sólo para que no te encontrara.
Te ensañaste conmigo, y me engañaste diciendo que me enseñabas.

Hiciste de tu debilidad la mía. Me dejaste un legado de hastío y desatino. Una caja llena de hilos y de agujas para que cosiera mi pecho de tal manera que estallara por dentro sin hacer mucho ruido.

De ti aprendí a caminar rápido para no memorizar tus calles. Fijarme en los detalles me facilitaría poner en venta tus portales. Me obligaste a lamerme las heridas, a atarme los modales. Me adoctrinaste bajo tu dictadura enmascarada. Tu orquesta estratégicamente desafinada.

Ahora sigo tatareando tu melodía,
pero te olvidas de que siempre seré tu debilidad,
porque te hice olvidar tus lecciones mientras me las aprendía.

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SOBRE LA POLÉMICA DE MI POST DEL SARGAZO

Voy a empezar esta reflexión alegando que soy experta en comunicación. Suena muy poco humilde, pero es lo que puedo afirmar después de estudiar Publicidad y Relaciones Públicas, con todos los conocimientos acerca de Comunicación y Redes Sociales que eso abarca, además de trabajar en diferentes agencias de comunicación, leer blogs sobre el tema, infinidad de libros sobre la materia y dedicar mi tiempo libre a estudiarme campañas de comunicación y evaluar sus resultados.

De todos estos conocimientos -y aunque me queden por seguir aprendiendo- saco en conclusión que un buen comunicador es alguien que es capaz de hacer partícipe de una idea a un gran número de personas. Con partícipe me refiero a que se interactúe con esa idea: bien sea apoyándola, rechazándola, o pensando en ella. Pero que forme parte de sus vidas por un espacio de tiempo determinado. Eso es ser experto en comunicación: Que tu idea pase a formar parte de la vida de alguien, aunque no sea para siempre, sino el tiempo que a ti te interese. 

En mi post sobre el sargazo coloqué estratégicamente las palabras, las oraciones y las reflexiones. Incluso hasta tenía pensada la foto. Las frases se me iban amontonando sobre la cabeza mientras me hundía en el sargazo y le pedía a mi amiga que se metiera conmigo para sacar la foto. Y cuando la tuve, llegué a casa y me senté a escribir.

Escribí sobre un problema en concreto para dibujar un problema en general. 
Hubo gente que se alzó en contra del escrito porque no era científicamente correcto. Porque no tenía unas buenas bases científicas ni porque había dado una información detallada. El caso está en que mi objetivo no era elaborar una tesis doctoral ni un ensayo científico acerca de vida y reproducción del sargazo. Ese nunca fue mi objetivo, y nunca dije que lo fuera. No soy científica, soy comunicadora. 

Mi objetivo con ese escrito era generar un impacto en parte de la población para hacerles recapacitar acerca del impacto humano sobre las costas, de la sobre explotación de las mismas. Es posible que mi escrito no fuese científicamente fundamentado a la hora de afirmar que el sargazo se reproduce estrepitosamente debido a nuestra contaminación, pero también es cierto que si cada año va en aumento es porque tenemos que ver en ello, aunque sólo sea por el aumento de la temperatura del mar. Que el sargazo antes no era tanto, y ahora sí. Que nosotros antes no éramos tantos, y ahora sí. En mi post no había ninguna mentira, había una exageración de la verdad, eso no lo voy a negar. Pero así es cómo consigues generar un impacto y tejer una denuncia. Fue un post denuncia, no un post científico. Y fue exactamente lo que conseguí.

Hubo tres reacciones generalizadas:
– Quiénes no tienen mucha idea científica pero saben que estamos generando un problema y quieren hacer algo al respecto – Apoyan el post y preguntan qué se puede hacer.
– Quiénes no tienen mucha idea científica pero quieren seguir alimentándose del dinero que genera reventar la costa marítima – Atacan el post y dicen que miente (sin aportar una verdad de peso)
– Quiénes tienen idea científica, cambiarían cosas del post, pero al mismo tiempo saben que estamos generando un problema así que ni lo apoyan ni lo atacan.

Con esto quiero decir que hay un factor muchísimo más importante que el mensaje: el emisor. Y hay que saber reconocer cuál es el objetivo final del emisor y a partir de ahí elaborar un juicio acerca del mensaje. Evaluar si apoya o no tu causa. Y mejorarlo con tus conocimientos o callar tu ignorancia.

Al fin y al cabo ese post fue una denuncia y su continente llegó al destino que tenía que llegar, aunque el contenido siempre pudiese mejorarse. No mentí en ningún momento, tampoco dije toda la verdad. Dije lo que tenía que decir para que llegase a 14.000 personas. Un ensayo científico, lamentablemente, no llega a casi nadie. Cuatro líneas correctamente expresadas no se expanden. Son las palabras crudas, las sentencias, el escándalo, lo que llega más allá. Siempre ha sido así y siempre lo será.

Nuestra labor como comunicadores es que os enteréis de que hay un problema.
Vuestra labor como receptores es que os informéis minuciosamente acerca del mismo. Y nunca lo haríais si al otro lado no estuviéramos nosotros haciendo ruido.

TODOS LOS MONSTRUOS #5

Cuando un fakir se tumba sobre su alcoba de clavos, conoce perfectamente el nombre y apellidos del diablo. Sabe a quién se dirige, y el idioma que le están hablando.

Yo llevo un tiempo andando sobre las brasas, descalzo, sin recordar a quién le di mis zapatos. Hace exactamente unos segundos que mi alma de cristal tocó el suelo y se resquebrajó en mil pedazos. Como la sonrisa que me dedicas cuando no la estás sintiendo.

Mis monstruos se reflejan en el techo de tu interior del mismo modo que lo hace una imagen externa dentro de una cámara oscura. Y al final no sé quién debería llevarse el reconocimiento: si tú, yo, mis monstruos o tu oscuridad.
Tal vez tu falta de empatía, o quizá tu alrededor forrado de espejos son los responsables de todos los interrogantes que se me acumulan en los bolsillos.

No creas que no me doy cuenta de tu abismo si, cada vez que te miro, me das vértigo. No intentes demostrar que te conmueve si, cada vez que me miras, tu cariño mira hacia otro lado.

Por culpa de este desierto estoy en bucle entre perdonarte y no entenderte. Entre ser intransigente o rendirme por completo. A mi derrota y mi victoria las separa una grieta oscura y profunda: Tú.

Y así, tengo la sensación de que ninguno de los dos tiene el valor suficiente para salir de este inframundo. Como si una calle oscura de Londres, en una noche de neblina, fuese la mejor metáfora para describir mi grieta. Y yo camino por ella, sin rumbo, sin pararme a mirar los detalles que me indican a qué altura del empedrado me encuentro.

Quizá porque siempre me gustó la niebla.
O porque siempre preferí pasear de noche.
Tal vez fue Londres.

Pero ninguna de mis aspiraciones me lleva a salir de ella. Es como si mi propio frío me diese abrigo. Prefiero soportar la exactitud científica de mi desgracia que buscar el equilibrio agotador de la esperanza.

 

Héctor.

James-Dean4

me duele el orgullo

no eres más que un montón de basura
que un día creí mía.
como quién se encariña de todos los bártulos de un trastero,
aunque no sean más que basura.
recuerdos inútiles a los que nos atamos,
sin entender muy bien cómo.
hoy eres basura que ya no necesito,
y te tengo acumulando polvo ahí abajo
sin ni siquiera recordar que te tenía.
perdiéndote entre la infinidad de recuerdos,
o de trastos,
que tengo de otras vidas.
y de ésta misma.

pero cuando contemplo la posibilidad de regalar esos trastos
me duele el orgullo.
por no utilizarlos, por no hacerlos míos,
por que ya no tengan espacio en mi cuarto.

porque ya no cabes entre lo que hoy tengo,
y lo que mañana quiero.

//

el trastero es tu lugar,
y siempre lo será.

siempre.

aunque no quiera ni tirarte a la basura,
ni regalarte,

meramente por cuestión de orgullo.

Testimonio de lo duro que es vivir solo en un país lejano

Siempre tengo una sonrisa en la cara y siempre digo que estoy bien. A veces necesito contarle a alguna amiga lo sola que me siento, pero la gran mayoría de veces lo gestiono conmigo misma.
La gente se piensa que vivo de maravilla y así es. Que hay gente con peores problemas en el mundo. Estoy completamente de acuerdo. Soy una persona muy afortunada. Pero la fortuna no viene sola. La verdadera fortuna, ésa, lleva mucho esfuerzo.

Me apetece escribir esto porque estoy sentada en una cafetería cavilando sobre cómo salir de Mexico para gestionar mi visado de trabajo. Llevo cinco días rompiéndome la cabeza y ahora simplemente he colapsado. Escribo como terapia, lo sabe todo el mundo.

Desde que me mudé a Mexico hace cuatro meses sólo he escrito una vez. Eso podría traducirse en que sólo me he puesto triste una vez. Pero la verdad es que no. No puedo decir que haya llorado cada semana, pero si lo dijera no estaría exagerando demasiado.

A veces me quedo sin dinero porque surgen gastos inesperados. No me he comprado ni una camiseta desde que estoy aquí, aunque a la vez reconozco que no me privo de comer y cenar fuera cuando me apetece. Pero a veces pasa que te deniegan la entrada a EEUU y en vez de gastarte 300€ en ir a tramitar tu visa, el valor asciende a 700. Y tienes que pedirle un pequeño préstamo a tu familia y encima parece que es porque no te sabes administrar. No me considero una persona ahorradora, eso lo reconozco, pero llevo cuatro meses en Mexico y solo he pedido dinero para dos gastos puntuales.
Llevar cuatro meses en Mexico no es sinónimo de andar de mochilera frecuentando lugares baratos. Es sinónimo de pagar un alquiler, una fianza, una bicicleta, materiales para la casa, comida, material de buceo, trámites de visado, y todos los gastos que conlleva empezar una vida solo. Es algo que no es sencillo y lo injusto es que lo parezca.

Veo a mis amigos y a mi familia de risas con los suyos, celebrando la Navidad y hasta San Valentín. Veo vídeos de mi hermano dándole besos a mi gato o a veces me pierdo en fotos del pasado. Veo a mis amigos cumpliendo sus sueños en su país y me parece precioso. Y yo, parece que me he venido al Caribe porque es el paraíso y porque me apetece la aventura, pero puedo asegurar que para cinco días en los que disfruto de la aventura, hay quince que lloro echando de menos la esquina de mi casa. Porque esta mudanza me ha enseñado muchas cosas, pero una por encima de todas: no soy tan independiente como me pensaba. Dependo de mi gente hasta un límite que jamás hubiera imaginado y no tengo ningún problema en reconocerlo. No pasa nada si a mis 25 años descubro que no soy más feliz estando sola, y no pasa nada si acepto que casi cada día preferiría estar tirada aburrida en el sofá de mi casa mirándome al espejo que pedaleando después del trabajo pensando en las horas sola en casa que me quedan por delante. Porque no es nada fácil tener que abrir WhatsApp revisando mis conversaciones para ver a quién puedo escribirle para ir a tomar una caña y ver que la lista se reduce a casi nadie. Y en España, claro, tengo a quién quiera a golpe de llamada. Las opciones, entre familia y amigos, no terminan nunca.
Por supuesto que tengo amigos aquí, pero uno ya sabe que no es lo mismo mirar a alguien de toda la vida y que no haga falta hablar más que tener que explicarle a alguien mi mirada. Solo por eso, la mayoría de las veces prefiero quedarme sola en casa, aunque me duela un montón.
También pienso en mis hermanos pequeños, África y Pablo, y en todos los consejos que me gustaría estar dándoles. Siento que me estoy perdiendo su adolescencia, que tampoco es una etapa fácil. También siento que mi abuela paterna se está yendo y seguramente tenga que quedarme sin haberme despedido, aunque ya lo hiciera un poco mentalmente la última vez que me agarraba la mano junto a mi hermana Emi. U oír la voz de mi abuela materna, la nona, y pensar en todo el tiempo de calidad con ella que me estoy perdiendo. O que mis amigos me necesiten. O ver a niños en los resorts en los que trabajo, jugando en la playa con sus padres, y recordar cómo se me paraba el tiempo a mí cuando yo jugaba con mi padre Fran en un resort de Punta Cana, hace ahora 20 años. Oler la colonia de mi padre Manolo cada dos por tres, como si estuviera de moda aquí en Mexico. Incluso enviar audios a alguien y oír la voz de mi madre en lugar de la mía. Todo eso me pasa, y son tantas cosas, que son cada día. Por eso, sí, el paraíso, mi trabajo de ensueño, mi vida en la playa, pero también esto.

Sin embargo, todo en esta vida tiene un precio. Todo. Y éste es el que estoy pagando por labrar mi futuro en un gremio en el que siempre he soñado estar. Y lloro de felicidad por que mi trabajo sea la fotografía y mi oficina sea el mar. Por tener a gente que ya me quiere en solo cuatro meses, y que ya han hecho por mí más de lo que mucha gente que conozco de siempre. Gente que me ha abrazado en el trabajo mientras lloraba porque pensaba que mi abuela se iba. Gente que me ha facilitado la vida hasta límites insospechados haciendo más fácil este embrollo de emigrar.

La gente se piensa que por vivir en una isla puedo hacer el trabajo que estoy haciendo aquí, pero de momento mi experiencia no me lo permite. No soy una reputada fotógrafa que pueda permitirse el lujo de vivir todo el año de seis o siete trabajos como fotógrafa. Soy una simple fotógrafa amateur que vive por y para el turismo y saca fotos a turistas. Y eso en Mallorca no puedo hacerlo porque en Mallorca solo se bucea cuatro meses al año y eso no me da de comer un año entero (mientras no sea una reputada fotógrafa, claro, que juro que algún día lo seré).

Pero mientras tanto me toca labrar mi reputación en un lugar que me permita evolucionar laboralmente durante todo el año, día a día, mes a mes. Y, que a su vez, me dé de comer. Por eso la elección no es 100% caprichosa, y eso también me gustaría aclararlo.

Porque no es nada fácil todo esto, y a veces me gusta recordármelo para darme un pequeño empujón los días que se me saltan las lágrimas porque todos los problemas se vuelven un poco más difíciles si no puedo ir al centro de Palma a recibir siete abrazos de siete personas distintas. Y solo me queda abrazarme un poco a mí misma.
Pero lo más fuerte es que nunca he sido tan feliz, porque la felicidad no reside en la facilidad de tu alrededor, sino en ser consciente de que nunca antes habías estado tan casado contigo mismo, y es la única relación que me durará toda la vida.
Feliz San Valentín.

A mí me da miedo

A mí me asusta cambiarlo todo.

Alejarme de mi familia. De mis amigos. Dejar de tener un plan a golpe de llamada. Me asusta reducir mis comodidades a casi ninguna y no saber si la calle en la que estoy entrando es segura.

Me asusta empezar de nuevo, buscar trabajo, una casa, acostumbrarme a una moneda. Me asusta desacostumbrarme de tu cara y que se me haga un nudo en la garganta cada vez que alguien pronuncia tu nombre, aunque no te estén nombrando a ti.

Me asusta tener que cocinarme en lugar de darle un beso a mi madre y preguntarle qué hay para cenar. Bueno, mentira. Eso no me asusta. Eso me destroza de pena.

Me asusta preguntarme una y otra vez qué hago aquí, y todavía me asusta más tratar de evitar esa pregunta. Me asusta la diferencia horaria y saber que en una hora ya casi nadie va a responderme. Me asusta estar triste porque estoy asustada y que asustarme me entristezca. Tener más momentos de duda que de rotundidad. Equivocarme. Deshacer lo andado. Acobardarme. Fracasar. Todo eso me asusta.

Me asustó un vuelo de 10 horas. No tenía miedo de coger un avión desde hace 5 años; lo recuerdo perfectamente: Denpasaar-Madrid. Ése fue el último vuelo en el que tuve miedo, y llegó Madrid-Cancún, y volví a asustarme. Nunca me había dado miedo un vuelo de ida. Hasta ayer.

Me da miedo porque no es un viaje, es una apuesta.
No es un recreo, es un colegio.
No es una prueba, sino un reto.

Y por eso tengo miedo. Porque estoy incómoda, porque estoy triste, porque estoy un poco perdida.

Y aunque me asuste,
lo hago.

Porque prefiero vivir asustada apostando que andar cómodamente renunciando.

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El deseo es una grieta interior que te destroza mientras se abre paso entre tus principios, fortalezas y máximas morales. No entiende de orgullo. El deseo nunca jamás cuenta con tu orgullo. 

El deseo es algo que te revienta el pecho y arrasa con todos tus bosques mientras tú aún no has tenido tiempo de soltar el primer suspiro.
Por eso, con el paso de los años desaprendo cada día. Yo tenía mis premisas, mis juicios y mis sentencias. Y nada las rompe, salvo el deseo.
Yo me juro y me traiciono. Me prometo y me incumplo. Y elaboro una serie de normas que me predispongo a tirar de la mesa en cuanto entre por tu puerta.

El deseo es mi demanda follándose a tu oferta. Muy fuertemente.

La definición está en que desear a alguien no reside en la lógica ni en la bondad. Ni tan siquiera en los sentidos.

Desear a alguien reside en la insensatez amarga de aceptar que no tiene ningún sentido todo lo que estoy desabrochando pero que, al desabrocharlo, todo cuanto habita fuera de ese espacio se reduce a un simple interrogante.